domingo, 26 de septiembre de 2021

Texto Mandrílico Septiembre 2021

 

TERRAZA EN EL CIELO

 

Con el frío multiplicado por el viento y la humedad metidos hasta los tuétanos y mis maldiciones por lo que estaba viviendo mi país en esos instantes machacándome el cerebro, me encontraba deambulando sin rumbo por la inmensidad de ese Londres al que tanto debo y que tanto me arrebataba con su clima y mi nostalgia. Me pasaba mucho, sobre todo los días que, como aquel jueves, eran «free» en el trabajo que me tenía hasta el gorro, por no decir otra cosa, en el maldito restaurante de Fish & Chips. No sé cómo esa sociedad de señores de bombín y señoronas de joyas, tan modernos para hacer la música que hacían y tan conservadores como para alarmarse más que nadie por las dimensiones de las faldas de las chicas, pueden comer semejante mierda. Yo lo probé una vez y, como dicen en mi pueblo: «Hasta el verte», pero me satisfacía, en cierta forma, trabajar en un sitio que daba de comer basura sin que yo tuviera que probarla siquiera, aunque allí es lo que más se come, basura. No veas cómo echaba de menos los cocidos de mi madre, las albóndigas con tomate de mi abuela y el gazpacho de mi abuelo. Pero sí, me ocurría muy a menudo eso de perderme por la City mientras los recuerdos movían mis piernas sin rumbo fijo.

Una multitud que se cruzaban contigo sin prestarte atención, prisas expresadas con bocinazos de coches, autobuses tan altos que tapaban el poco sol que calienta la ciudad y gente que come y anda a la vez; yo era incapaz de comer y andar al mismo tiempo, eso de sentarse a yantar es algo que lo llevaba a rajatabla, aunque fuera plantando mi trasero en un banco del parque o en mitad de cualquier avenida. Con esa satisfacción, mezcla de regocijo e inquietud por no saber por dónde iba, saqué la cabeza de mis pensamientos aquel mediodía al notar que había un montón de personas arremolinada en frente de uno de los edificios de Savile Row. No es que a mí se me aplique eso de: «La curiosidad mató al gato», es que yo soy el propio gato y esa curiosidad es la que me sirvió para sobrevivir en aquella jungla bien distinta a mi pueblo de secano. Después de preguntar varias veces por la razón de aquel tumulto, siempre con ese inglés mío que nunca llegué a perfeccionar, un chico con acento irlandés me dijo que solo tenía que mirar hacia la azotea del inmueble y escuchar. Sí que se oía algo que venía desde el tejado, pero no conseguí identificarlo hasta que una voz que me resultaba terroríficamente familiar comenzó a inundar mis oídos. Me froté bien los ojos y los pude distinguir mientras Paul interpretaba una canción que no había escuchado antes y que terminaría por convertirse una de mis favoritas de la banda. ¿Quién no conocía a los Beatles en ese jodido país? Si hasta habían pisado el mío. ¿Y quién se iba a esperar que se subieran aquella azotea con ese frío que pelaba hasta los melones con piel de sapo de mi difunto tío Gervasio? Mirando bien la dirección entendí que mis vagabundos pies me habían conducido hasta colocarme delante de la famosa Apple Corps, la fundación creada por los Fab Four pocos meses atrás. Había chicos y chicas asomados a los balcones o subidos a las azoteas colindantes disfrutando de unas vistas privilegiadas de lo que estábamos presenciando. Los demás, la mayoría, mirábamos desde la calle hacia arriba como los que ven el descenso de un santo, o de una virgen, con la boca más abierta que un portón. Terminado el primer tema, Paul dio pasó a John que, con esa voz tan suya, se puso a interpretar un tema desconocido por todos los presentes. Al día siguiente pude leer en la prensa que el galimatías que emitía la garganta de Lennon no se debía a una broma propia del guitarrista, sino que se había olvidado de la letra y salió del atolladero con lo primero que le vino a la mollera. De esta forma, fueron arrojando desde su altura un tema tras otro, hasta que, pasados unos tres cuartos de horas, la policía hizo acto de presencia llamando una y otra vez, entre abucheos del público, a la puerta del edificio. Solo cuando amenazaron con arrestar a todos los involucrados consiguieron acceder al bloque y cancelar la actuación. Nos fuimos disolviendo entre abrazos, choques de manos y saludos que, por un instante, difuminaron la impersonalidad que atiborraba esas calles. Al día siguiente escribí a mi hermana contándole lo sucedido. Ella me respondió diciéndome que no sabía quién eran esos Beatles, bien que se enteró años después por sus hijos, y que si le iba a escribir contando mentiras y enredos en vez de cómo me iba el trabajo y el amor por allí, mejor que no gastara papel ni sellos.

Me han tomado por embustero en muchas de las ocasiones que cuento esto, a mí me da exactamente igual, yo sé lo que vi y oí aquella mañana de enero. Cuando eres uno de los privilegiados que vive algo tan especial sin quererlo ni beberlo los demás te toman por un cuentista o te elevan al mayor de los altares, yo no quiero ni lo uno ni lo otro. Cuando me siento triste o irritado solo necesito que los acordes de “Get Back” resuenen en mi cabeza junto a la voz McCartney y mirar hacia arriba para que el cielo entero se convierta en la terraza más famosa del universo.


martes, 7 de septiembre de 2021

"Zoo", De Philippe Bonifay Y Frank Pé

  




Antes de entrar en materia acerca de esta obra creo que hay que dejar claro que es una historia repleta de matices, tanto en lo concerniente al dibujo como al guion. Lo digo porque hay que estar bastante atento a lo que se nos pone delante de los ojos, y no por despiste, sino porque todo sobresale en este «Zoo».




Frank Pé es un artista belga que destaca por la calidad de sus viñetas dentro de unos cómics en los que las relaciones entre humanos y animales tienen tintes que rayan lo filosófico. Sus publicaciones más conocidas son la serie «Cabello Loco» o «Little Nemo». En las páginas que nos conciernen hace todo un alarde de técnica, tanto en color como en grises y sepias, donde los detalles de los animales alcanzan el nivel de cualquier libro de zoología. A esto le añades la minuciosidad a la hora de plasmar espacios donde las luces y las sombras sobresalen dando lugar a una serie de viñetas que, en ocasiones, poco necesitan de los bocadillos. De igual calidad es el guion del francés Philippe Bonifay en el que los personajes principales, sobre todo, y los secundarios están perfectamente delimitados en lo referente a personalidad y maneras de entender la vida. Autor de la serie «Piratas», parece ser que coincidió en el Salón del Cómic de Maubeuge con Pé donde surgió la propuesta de trabajar juntos; algo que se plasmó en esta serie que comenzó su andadura en 1994 y terminó en 2007.





Solo con el comienzo de estas páginas tratando lo sucedido con Anna, uno de los personajes principales, te sentirás empujado hacia todo lo que te vas a encontrar a continuación. Después de un salto en el tiempo llegamos hasta un pequeño pueblo de la Normandía de comienzos del siglo XX en el que el médico Célestin de Chateaudouble ha invertido toda su herencia en la creación de un zoo donde una larga lista de animales vive de manera que poco se puede comparar con ciertos recintos actuales de este tipo. Este doctor comparte dicho espacio con su hija adoptiva Manon y el escultor Buggy, ambos mantienen una relación, a los que hay que añadir la ya citada Anna. En esta parte comienzan los giros por parte de Frank en lo relativo a los grises y el color hasta que se consolida, sobre todo, la amistad entre los dos personajes femeninos para después presentarnos a Buggy y su trabajo. Con la 1ª Guerra Mundial en ciernes salen a relucir los miedos sobre la misma, el rechazo por superchería de un médico a Anna por su físico y los problemas económicos del zoo que intentan solventar con la venta de una escultura que Buggy nunca termina de entregar y algunas visitas guiadas al recinto. De este modo, termina la primera parte con un pasaje donde Manon hace alarde de ciertas dotes chamánicas para conseguir que Anna pueda sentir, por un momento, todo lo perdido cuando le arrancaron el sentido del que carece.





La segunda parte se inicia con una serie de viñetas donde Pé refleja con gran maestría la situación de las instalaciones a través del color para volver a saltar a los tonos sepias y grises cuando trata todo lo referente a la guerra. En esta parte Bonifay hace un pequeño inciso, una familia sufre un accidente de tráfico, para comparar el shock que sufre un niño con el de los soldados en las trincheras, además de reflejar la relación entre el cura de la población en propio Célestine y así ponernos sobre aviso de todo lo que va a suceder a continuación. Otro punto importante es la incursión de los hilos de la memoria que Manon usará para reflejar las vivencias de la mayoría de los habitantes del zoo, humanos y animales. Las noticias que llegan del frente acerca de la situación de los soldados en las trincheras dan pie a que nuestro doctor rural se planteé alistarse como médico de campaña. Esta decisión será el principio del derrumbamiento de la vida cotidiana de nuestros personajes. Para quitar un poco de yugo al asunto, los autores nos deleitan con una de las visitas guiadas con las que nuestr@s protagonistas quieren salvar la grave situación monetaria que sufren. El pasaje terminará proporcionándonos muchos más detalles sobre la personalidad de cada un@ de ell@s.





La tercera parte, y última, nos presenta un zoo en situación ruinosa y las tensiones surgidas entre sus habitantes después de la marcha de Célestine al frente. La grave situación económica impulsa a estos, con todo el dolor del mundo, a deshacerse de algunos de los animales y a vender algunas de las esculturas más preciadas por Buggy. Sintiendo cómo todo se desmorona, Manon se empeña en ir a buscar a su padrastro como única solución a la cascada de problemas que están viviendo. Al final, Anna decide llevar a cabo esta labor. Es aquí donde, realmente, la obra da un giro de ciento ochenta grados al adentrarse en todo lo relativo a la vida en las trincheras a través de una serie de viñetas que hablan por sí solas durante varias páginas seguidas. Todas las penurias y calamidades de la guerra se ven plasmadas de manera brutal en una serie de dibujos protagonizados, de nuevo, por el sepia y los grises con Anna atravesando y conversando con los dos bandos sin el menor atisbo de miedo, para sorpresa de ambos, hasta lograr esclarecer lo sucedido con Célestine. La vuelta de la mujer al zoo cargada con unas misivas de puño y letra del médico nos conducen hasta un final acorde con el carácter y la personalidad de todos l@s protagonistas, sobre todo de Manon.





«Zoo» no va a ser ni el mejor ni el peor cómic que vayáis a leer, pero el planteamiento por parte de Bonifay a la hora de reflejar las historias personales de los personajes, tratados con esa filosofía de la que Pé hace alarde, unido a la calidad extrema de las viñetas nos atrapa dentro de sus instalaciones, en el seno de unas relaciones fuera de lo común, tanto entre ell@s como con los animales con los que conviven. Esto les enseña a no juzgar a simple vista e indagar en los problemas de los demás hasta alcanzar los verdaderos valores, a través del cariño y el trato que dan y reciben, de aquell@s con los que comparten vida y espacio. Lo importante de esta colaboración entre estos dos autores es que consiguen hacerte sentir cada una de las alegrías, tristezas, preocupaciones y miedos de tod@s y cada un@ de sus protagonistas. Ese siempre es un gran logro que poc@s consiguen.



viernes, 27 de agosto de 2021

Texto Mandrílico Agosto 2021

 

CARAMELOS


La Sasa pasó de alegrar los desayunos de muchos hogares del pueblo pregonando los churros que cargaba en su canasta de mimbre de doble apertura al grito de: «Calentitu, calentituuu» a vender chucherías en una de las casetas que el ayuntamiento le cedió en la plaza después de quedarse coja, medio sorda y tuerta. La chiquillería del lugar se aprovechaba de las circunstancias para marearla unas veces hablándole bajito, otras despistándola y algunas más dándole tales voces que debían retumbarle como el amasijo de bombas que vivió durante la guerra. La estrategia estaba clara, mientras parte del grupo la despistaba, los demás metían las manos por donde podían para hacerse con el botín de chicles, caramelos, regalices o aquello que alcanzara sus brazos infantiles. Todos creían que la mujer no se daba cuenta de sus saqueos, pero estaban totalmente equivocados. Ella se lo permitía; primero, porque hacía tiempo que tenía una paga por viudedad y, segundo, porque qué mejor que pasar sus últimos años siendo la protagonista de las hazañas de pillaje de los niños y las niñas del pueblo. La cuestión es que, por una cosa u otra, su caseta, la azul en medio de las otras dos verdes, siempre estuvo rodeada de varias generaciones del municipio. Con el paso del tiempo, los mayores fueron cambiando los caramelos y los Peta Zetas por librillos de papel, paquetes de tabaco y mecheros que seguían comprándoselos a ella y no a los demás.

El día que la Sasa murió se llevó consigo todas las conversaciones, intimidades, declaraciones de odio y amor, promesas y traiciones que cientos de los entonces ya adultos vivieron alrededor de los cuatro costados de su caseta. Ahora los desayunos son bombas caloríficas industriales, el tabaco te lo escupe una máquina que solo sabe agradecerte tu compra con una frase de índole robótico y aquellos y aquellas que no hicieron caso del consejo que ella les daba en forma de: «Ten cuidado con lo que vas a echar al papel de fumar» sucumbieron a la sucia gota que cabalga por el papel de plata achicharrada desde abajo por un mechero de muy dudable procedencia.



martes, 3 de agosto de 2021

Pere Pérez - Víctor Santos: "El Lobo Sobre El Mar De Las Bestias"







Este cómic de Pere Pérez y Víctor Santos que lleva por título “El Lobo Sobre El Mar De Las Bestias” creo que tiene mucho más trasfondo del que pueda parecer con tan solo una lectura u ojeada a sus increíbles viñetas. Eso es lo que voy a intentar sacar a relucir en los siguientes párrafos, mis sensaciones después de varias lecturas más allá de lo guay que son los vikingos y sus armas, intrigas, luchas feroces y la falta de miedo a la muerte. Aquí hay algo más, mucho más, al menos eso creo yo.





Pere Pérez es un dibujante catalán que cursó estudios en la Escola Joso, donde ejerce de profesor. Trabaja a caballo entre España y Estados Unidos. De su obra allende los mares destacamos su participación en “Archer & Armstrong”, en “Harbinger”, en “Detective Comics”, “Batgirl” o “Las Crónicas de la Dragonlance: La Reina de la Oscuridad”. En la actualidad está trabajando en “War of the Realms: X-Men”. Mientras que de su obra por estos lares destacamos su participación en Penthouse Comix y Eros Comix, y los álbumes “La sangre de las Valkirias” y “Ragnarök”, los dos con Víctor Santos. Este último es un guionista valenciano residente en Bilbao que se alzó con el Premio al Autor Revelación del Salón Internacional del Cómic de Barcelona 2002, además de otros premios en el Salón del Cómic de Madrid y el de la crítica de la revista Dolmen al mejor dibujante. Al igual que Pere, ha trabajado en numerosos cómics editados en USA, como “Demon Cleaner”, “The Mice Templar”, serie editada en castellano hasta el tercer número y que os recomiendo encarecidamente, o “Asquerosamente Rica”, por nombrar algunos. En cuanto a su carrera como guionista por estas tierras, además de las señaladas anteriormente, nombraré “Silhouette” o “Ezequiel Himes: Zombie Hunter”. Solo la unión de estos dos fieras, el primero con esos dibujos tan personales como impactantes, sobre todo por la falta de reglas en las páginas y esos cambios de tonos y planos, algo que me encanta, y el otro con un guion que, como ya he indicado, trasciende a lo meramente mitológico, guerrero o como deseéis llamarlo, pueden conseguir un cómic de tanta calidad como el que vamos a tratar en los siguientes párrafos.






Dentro de los vikingos existía una casta conocida como los berserkers, cuyo nombre se debe al mítico Berserk, un héroe de la mitología escandinava que acudía a las batallas cubierto con pieles de oso, sin armadura de ningún tipo y luchaba con una furia y audacia temeraria. Pues bien, estos berserkers vestían pieles de animales salvajes y eran reconocidos y temidos por su ferocidad, bravura y falta de piedad. Lo curioso es que, además de su portento físico y entrenamiento, conseguían hacerse con esos apelativos en los combates gracias a una bebida ritual que tomaban antes del enfrentamiento a base de Amanita Pantherina, un hongo que provoca estados maniáticos que los llevaba a creerse, al igual que las pieles con las que se cubrían, verdaderos animales salvajes. Sentían que le crecían plumas y pelos, sufrían temblores, rechinar de dientes, escalofríos y luego se les hinchaba el rostro y les cambiaba de color. Algunos llegaban a aullar y todos entraban en un estado de irascibilidad que los llevaba a arremeter con todo lo que se les pusiera por delante, incluido sus propios compañeros de lucha. De esta forma, parecían invulnerables a los golpes que recibían y casi insensibles a las heridas. Una vez pasado el efecto de dicho brebaje les embargaba un estado de embotamiento que podía durar entre uno y varios días. Pues bien, Harald, el protagonista de este cómic, es uno de esos temidos berserk, o berserkers, como queráis llamarlo.





Harald sobrevive después de una batalla gracias a la ayuda de un enemigo bastante peculiar. A raíz de ello, no para de meditar y reflexionar sobre las razones que le llevaron a luchar en ese y otros enfrentamientos. Y aquí es donde realmente reside el trasfondo de lo que nos cuentan Pere y Víctor. Todas esas viñetas repletas de fuerza, agresividad, sangre e inclemencias meteorológicas acaban siendo un conjunto de observaciones y pensamientos acerca de la religión, independientemente del dios o los dioses y diosas que la dirijan, la manipulación a la que le han sometido, el significado y las consecuencias de la guerra en sí o la traición por no pertenecer a esas élites sociales que son las que, realmente, dan forma e instruyen a esos guerreros berserk con fines bien distintos a los que les hacen creer. En definitiva, este “Lobo Sobre El Mar De Las Bestias” me ha parecido uno de los alegatos antimilitaristas más rumiados que he leído en mucho tiempo. Lo que digo puede parecer toda una contradicción, pero, cuando os adentréis en sus páginas, espero que lo hagáis pues es una gran obra, podremos hablar y discutir acerca de ello.





Si sois fans de todo lo relacionado con el mundo vikingo, su mitología y demás, no deberíais pasar por alto este cómic repleto de calidad, tanto en su aspecto gráfico como de guion. Además, el hecho de tener la extensión que tiene hace del mismo algo que da la razón al viejo dicho de los perfumes y sus envases pequeños. La unión de Pérez y Santos ha vuelto a dar como resultado una obra de calidad suprema en todos los aspectos. Enhorabuena.





jueves, 22 de julio de 2021

Guy Delisle: Crónicas De Juventud

 



Guy Delisle, junto a otr@s, ya forma parte de la historia de este humilde blog. Nacido en Quebec, cursó estudios de Artes Plásticas en Sainte-Foy y en Toronto y trabajó en el estudio CinéGroupe de Montreal. Sus obras, en general, se centran en los viajes que ha realizado acompañando a su esposa por distintas partes del mundo. De esta forma, refleja sus experiencias en lugares tan particulares como China, con “Shenzen”, Corea del Norte, en “Pyongyang”, Birmania, en “Crónicas Birmanas” o Israel, en “Crónicas De Jerusalén”. Es por este tipo de cómics por el que, digamos, más se le conoce, pero también tiene otros de temática muy distinta como “Guía Del Mal Padre”, “Inspector Moroni” o “Cómo No Hacer Nada”. De la anterior obra a esta que vamos a tratar en este artículo, “Escapar, Historia De Un Rehén”, tenéis una entrada en este blog. Hace ya tiempo que este autor pasó a engrosar mi lista de autores preferidos dentro del mundo de las viñetas, con este “Crónicas De Juventud” más aún.




He de reconocer que me he sentido bastante identificado con muchas de las situaciones que Delisle refleja en esta obra, al igual que he reconocido, perfectamente, a la mayoría de los personajes de la misma. Da igual si trabajas en una fábrica de papel, como es el caso, en una obra, taller o chiringuito de playa, en todos esos lugares donde hay un grupo de gente currando se repitan ciertos roles personales y esas situaciones referidas con anterioridad. Esto da mucho que pensar, sobre todo acerca de las relaciones humanas en un entorno cerrado. Y esa es una de las claves de este cómic, el análisis de esas personas y su interrelacionalidad. Con ello puede que el autor haya dejado atrás por un momento su temática habitual, aunque todo lo narrado en estas páginas no deja de ser biográfico, así que esta es, simplemente, una parte más de su vida. En lo relativo al dibujo, continúa utilizando ese estilo tan personal que le ha llevado a ser reconocible nada más verlo. Unos trazos que pueden resultar burdos y demasiado angulares no dejan de ser su firma personal, algo que muy poc@s consiguen. Aquí no se desprende de su habitual blanco y negro excepto para dar esos tonos ocres a sus camisetas, camisas, a algunos vehículos, el humo de la fábrica o al fondo de ciertas onomatopeyas. La que empezó siendo una obra que pillé por inercia hacia el autor ha pasado a ser una de mis favoritas y, puedo asegurar, que son varias suyas las que forman parte de mi colección de cómics.



Cuando Guy tiene dieciséis años decide ponerse a buscar su primer trabajo de verano. Para ello, como es habitual, pasa por cierto número de entrevistas entre las que está una en la fábrica de papel y pasta donde trabaja su padre. El tiempo corre al igual que las esperanzas de ser llamado para currar, pero todo da un vuelco a los quince días de esa última entrevista. Con ello, y antes de hablarnos de su acceso a dicha fábrica, hace un repaso sobre la historia de la misma. Me ha parecido todo un acierto el hecho de que dé preferencia a explicarnos la idiosincrasia del espacio donde se va a desarrollar el cómic antes que a su propia experiencia dentro del mismo. De aquí se adentra en todo lo relacionado con el primer día de curro: la entrada en la fábrica, el vídeo sobre la seguridad en el trabajo, el primer compañero “sobón” del que debe aprender, su primer contacto con las máquinas y el funcionamiento de las mismas, los turnos, el horario y su extraña distribución, la parte divertida y la no tanto del trabajo, las diferencias entre los uniformes de los veteranos y los novatos, el calor y el ruido emitido por la maquinaria siempre en acción que se solventa dentro de la cabina insonorizada con aire acondicionado y una tele, este será uno de los espacios más interesantes del lugar, y la salida sin pasar por la ducha.



En los siguientes días comienzan las relaciones con otros obreros, el contacto con ciertas herramientas que le irán sirviendo con el tiempo, los primeros, e inevitables, errores en ciertas tareas y, lo más interesante, el sentimiento de distancia, sobre todo vital, con otros compañeros al escuchar ciertas conversaciones que tienen lugar dentro de la cabina insonorizada. Empiezan la lista de las veces que mira al reloj llegando a pensar, incluso, que puede que se haya estropeado porque las horas no pasan con la suficiente rapidez que él espera y se va quedando con las distintas maneras que tienen los demás de matar esos tiempos muertos que él mismo aplicará posteriormente. Cierra esta parte hablándonos de sus primeros dibujos y los autores que le interesaban en ese momento. En cualquier curro siempre hay alguien, o alguienes, con el que conectas más y, evidentemente, todo lo contrario. En este caso se trata de otro chaval de la pequeña comunidad anglófona de Quebec. Pero el trabajo tiene sus propias situaciones e instantes como son la primera gran bronca del típico que se la tiene jurada a los novatos y las “sorpresas” ante las proposiciones y conversaciones que se siguen dando dentro de la cabina. Su primer verano como obrero avanza al igual que su relación con el dibujo; pasa de currar en el turno de noche al de día para descubrir las ventajas de este respecto a aquel y coincidir, por primera vez, con su padre en la fábrica, lo que le ofrece la visión diferenciadora entre curritos e ingenieros.




En el transcurso de su segundo verano en la fábrica consigue el título universitario en Artes Plásticas. Su nuevo primer día nada tiene que ver con el del año anterior pues hay caras que le suenan, al igual que ciertas cosas, como el sempiterno calor y el ruido o el tiempo que sigue pasando a cámara lenta. Como es normal, conoce a nuevos compañeros que le echan una mano y otros que pasan olímpicamente de él, a la vez que le llegan las narraciones de algunos de los accidentes laborales que se han vivido en el interior del lugar. Mientras, él sigue dibujando en el sótano de su casa y pasa el trámite de su obligada visita veraniega al apartamento de su padre. No falta la ración de conversaciones obscenas de distinto calibre dentro de la cabina de las que se evade poniendo en práctica una de las estrategias de escaqueo aprendida el verano anterior, leer a solas en ciertos sitios de la fábrica. En esta parte resulta interesante la explicación de todo lo referente al lenguaje de signos utilizado por los obreros para hacerse entender a distancia para salvar el problema del ruido y lo concerniente a ese lugar conocido como extremo húmedo, tampoco falta el que llega tarde al curro teniendo que esperar para darle el relevo. Pero hay un hecho que cambiará por completo la vida del autor; al lado de su casa abren una biblioteca donde tendrá acceso al descubrimiento de una serie de autores imprescindibles en su desarrollo dentro del cómic, Moebius, Tardi, Comès o Rochette, y se reencuentra con otros como Hugo Pratt. Durante esos meses es admitido en la escuela de Animación de Ontario y aprovecha las páginas de estas “Crónicas De Juventud” para hacer un interesante repaso a la historia del edificio de la fábrica para luego regresar a las conversaciones en la cabina en forma de rencillas por cobrar igual que los fijos.




A la vuelta del tercer verano currando en la fábrica de papel y pasta se percata del cambio de materia prima y, evidentemente, le suena todo nada más poner el pie dentro del recinto el primer día. La experiencia le hace demostrar ciertas habilidades y la confianza le arrastra a su primer accidente laboral sin consecuencias graves del que no da parte, desobedeciendo el consejo de los representantes sindicales. Dicho accidente, unido a su imaginación, le conduce a situaciones ficticias protagonizadas por otros infortunios laborales. Lo que no cambian son las conversaciones despectivas dentro de la cabina hacia los novatos, las carreras por ver las tías desnudas que salen en el televisor de la misma o el desprecio envidioso por parte de algunos hacia los más veteranos por ser demasiado viejos para realizar sus labores. Por fin consigue entrar en el despacho de su padre donde mantienen una más que interesante conversación, vive en silencio el atrevimiento de ciertos compañeros hacia uno de los recién incorporados y realiza su primer retrato sin demasiado éxito. Pone el broche final contándonos cómo abandona los estudios y la fábrica para trabajar en un estudio de animación y da por cerrado el cómic de manera bastante peculiar y fuera de todo lo expuesto con anterioridad.




Vuelvo a insistir en que me he sentido más que identificado por muchos de los pasajes que Delisle nos narra en estas páginas. Aquell@s que curren en lugares como el expuesto en ellas sabrán perfectamente a qué me refiero, aunque personajes de esa índole los hay en cualquier sitio. Enhorabuena a Guy por esta nueva obra que me ha tocado la fibra por razones bien distintas a las anteriores.




lunes, 12 de julio de 2021

Texto Mandrílico Julio 2021

 

«No siempre fue así», tampoco hace falta pronunciar la frase, con que me aparezca en la cabeza se despeña sobre mí como un rayo encima de un árbol anciano y mustio. No es que esté desmoronándome a cachos, ni mucho menos, pero reconozco que, cuando ese fulgor atraviesa mi mente, un meteoro de recuerdos quema mis entretelas. Y no tiene nada que ver con la cantidad de reformas que me han hecho; qué va, pues la mayoría han sido cuidados que el paso del tiempo exigía. Me refiero a otra cosa, es algo concerniente a las huellas que ese rayo ilumina prendiendo mis vísceras. Cuando posees solo el presente hay veces que deseas que este pase cuanto antes y otras que se alargue hasta la eternidad del futuro. Ahora tengo pasado y todo el tiempo del mundo para regocijarme en él o desecharlo, siempre que el mismo me lo autorice.

Desconozco mi edad, más por olvido que por coquetería, pero seguro que estoy por encima del siglo. Me hago a la idea de que eso es lo de menos ya que he sobrevivido a muchas de las existencias de aquellos que he alojado con mejor o peor aliento. Nunca estuve tan cerrada y sola como ahora. Hubo una época no tan corta que viví con las puertas abiertas y atestada de seres. Fueron tiempos duros, al igual que bonitos y edificantes. Abandono en esa memoria que tanto me machaca la cantidad de animales que han pisado mi suelo, dormido entre mis paredes, parido en mis rincones y muerto en mis esquinas. Pero los humanos son otra cosa; ellos trajeron a esos animales igual que trajeron al mundo a otros humanos con sus alegrías, desgracias, rituales y ceremonias. Y yo como punto de partida y de regreso, dependiendo de quién fuera quien. Al principio eran dos, con su ganado de distinto pelaje y pluma; poco a poco, se multiplicaron hasta alcanzar casi la docena. Muchos de ellos vieron por primera vez la luz en uno de mis cuartos. Eso sí que era vida, nunca mejor dicho. También pasó la muerte, en no pocas ocasiones, recorriendo el pasillo hasta sacarlos por mi puerta a la vez que yo tiraba de sus almas para encerrarlas en mis recuerdos. Algunos dieron un portazo echando pestes, sin ni siquiera despedirse, tomándome como la culpable de sus desavenencias. Sea como fuere, la realidad es que ahora estoy medio abandonada, mirando de frente y pegada a otras igual de olvidadas que yo. Me paro a observar mi parte trasera y veo pulular a burros, vacas, ovejas, gatos, perros, gallinas, palomas o cerdos que rara vez accedían a la zona donde las plantas y las flores eran cuidadas con las mismas atenciones que ellos. Ahora nada; ni un mugido, ni un cacareo, ladrido o maullido. Cambiaron sus residencias por una cochera sin vehículo, un trastero con goteras y un cuarto que almacenó las correrías nocturnas del último de mis habitantes. Ya, ni correrías, ni habitantes. Subieron los objetos que dieron forma a sus vidas al doblao y tiraron a la basura los que creyeron inservibles o no quieren mirar, pero siguen aquí, incrustados en mis paredes, cimientos, grifos, mesas, camas y sillas atronando por ser redescubiertos.

Las noches suceden a los días, estos a las semanas que dan forma a meses que se descomponen en años mientras yo grito suplicando en silencio el regreso de uno solo de vosotros que sirva de rama donde las hojas vuelvan a brotar dejando atrás este relámpago que achicharra mi tronco seco.


miércoles, 7 de julio de 2021

Esteban Maroto: "Érase Una Vez..."


 



Qué bien sienta leer algo “nuevo” de un maestro como Esteba Maroto. Digo con todas las letras porque se alcanza ese estatus cuando, tanto a nivel de guion como de dibujo, llegas llegar a ser reconocible por tu más que excelente trabajo. Si a esto le añades que sus historias forman parte de tu bagaje como lector de cómics, el agradecimiento y la alegría por este “Érase una vez…” se multiplica ni se sabe por cuánto.




Revisar la biografía de este artista madrileño sería como hacer un repaso a la historia de las viñetas en este Estado durante los últimos sesenta años, más o menos. Lejos quedan sus comienzos con obras como “Aventuras del F.B.I.” siendo un crío, de sus colaboraciones con otro de nuestros maestros como es Carlos Giménez en “Buck John” y “El príncipe de Rodas” y de su paso por esa gran escuela creada por Toutain en sus Selecciones Ilustradas donde ya comenzó a trabajar para publicaciones extranjeras, sobre todo alemanas. Su talento dibujando figuras femeninas en revistas británicas le llevó a adentrarse en historias de fantasía, género por el que le conocemos la mayoría, con “5 X Infinito”, uno de esos cómics que guardo en mi colección con un cariño especial, con el cual consiguió el reconocimiento en Estados Unidos a través del premio al mejor dibujante extranjero en la Academy of Comic Book Arts en 1971. Luego vino la creación de sus dos guerreros más conocidos, Wolff y Manly, con los que se introdujo en las historias de terror, brujería y ciencia ficción, destacando de manera sobresaliente. Fue el encargado de dar una nueva imagen a Red Sonja en las aventuras del cimmerio Conan. Dejó huella en publicaciones como Creepy, Eire, Vampirella, Comix o Rambla con obras como “Dax el guerrero”, “Zodiaco” o la adaptación de “Los mitos de Cthulhu”, entre otras. Los noventa fueron tiempos donde se dedicó más a la ilustración, aunque también editó algunos libros recopilatorios como “En el nombre del diablo”, uno de mis preferidos, y centró su producción en Italia y EE.UU. En 2011 recibió el premio Oso a Toda una Vida por parte de la Asociación Española de Amigos del Cómic, en reconocimiento por su larga carrera. Y ahora nos encontramos con este “Erase una vez…” del que hablaremos a continuación.




¿Quién no se ha atrevido alguna vez a darle una vuelta de tuerca a los cuentos de toda la vida? Yo, he de reconocer, que lo he hecho un sinfín de veces, incluso con algunos de los que aparecen en esta selección de Maroto. Por suerte, y lo digo con muchísima satisfacción, debo ser de l@s últim@s personas que entró en este mundo de fantasía con moraleja a través de la transmisión oral por parte de mi abuela materna. Ella me contaba un sinfín de fábulas, aventuras y cuentos que, a su vez, había aprendido vía ese método, pues, como la mayoría de las mujeres de aquella época en la más que rural Extremadura, no sabía leer ni escribir. Y lo curioso es que nunca los narraba del mismo modo, creando una expectativa dentro de ti difícilmente explicable. Pues bien, eso es lo que ha hecho Maroto en esta selección, darle su particular punto de vista a verdaderos clásicos que tod@s conocemos.



Ya con el prólogo y sus cinco párrafos te queda claro de dónde viene esa afición del autor a crear lo que inunda las siguientes páginas. El primer cuento en abordar es el clásico de Hans Christian Andersen “La sirenita” que, por cierto, en su versión original nada tiene que ver con la edulcoración, como en muchos casos, llevada a cabo por Disney. Aquí ya entran en juego todos esos factores de los que Maroto hace gala como son la brujería, la solidaridad y, por supuesto, la fantasía con unos dibujos espectaculares y una trama fuera de serie. Antes de seguir diré que no voy a hablar en este artículo de los cambios que el autor lleva a cabo en cada uno de los cuentos, pues entiendo que eso es lo que vosotr@s tenéis que descubrir con la lectura de los mismos. En “El lago de los cisnes” nos topamos con el maestro en todo su esplendor gráfico. Sus típicas viñetas rectangulares mezcladas con otras sin bordes, la falta de fondo en las mismas y sus líneas definitorias de los personajes es lo que le ha llevado a ese reconocimiento del que os hablaba con anterioridad. De aquí pasamos a “Alas de venganza”. Si en el anterior destaca en su parte gráfica, en este lo hace en la parte del guion, dejándonos una de las historias donde no faltan esos ingredientes propios de sus obras.





Con “Caperucita roja” podíamos decir que se empieza a animar el cotarro de este “Érase una vez…”. A pesar de ser una obra en blanco y negro, no podía dejar de resaltar la prenda que tan famosa ha hecho a la protagonista principal, siendo el color de la misma lo único que encontraremos en ese formato en todas estas páginas. Monstruos, ambición, engaño y la esperanza de que su cumplan ciertas promesas mediante rituales para nada ortodoxos forman el coctel perfecto de esta entrega. “Caza de lobos” y “Paris” son otras dos narraciones con todo lo inherente en Maroto, a pesar de ser bien distintas. En la primera, con ese título, os podéis hacer una idea de qué va el asunto que tiene que vivir la protagonista principal. El segundo es uno de los cuentos que más me ha gustado de esta recopilación. El destino, ese que ninguno conocemos, pero que, parece ser, está escrito en nadie sabe qué lugar, lleva al culpable de todo lo que se inició en la Guerra de Troya en busca de una redención que, como dije antes, tendréis que descubrir si la encuentra o no. Solo os adelanto que estas ocho páginas son de una gran calidad, tanto en dibujo como en guion.





Nos acercamos a la recta final con otro clásico como es “Blancanieves y los siete enanitos” que, como ya imaginaréis, nada tiene que ver con el conocido habitualmente. La actitud de Blancanieves, los siete enanos que forman su corte y el pretencioso personaje masculino no se acercan, ni por asomo, a lo que hayáis visto antes; ¡menudo cambio! Y el broche final lo encontramos con “La bella durmiente”. Todo un cierre para esta obra que, a mi entender, está un escalón por encima de todo lo leído antes. Os puede sonar un poco exagerado, pero me gustaría que me dieseis vuestra opinión sobre esto. Supongo que podría haber ido en cualquier posición dentro entre los demás, pero usarlo como colofón es todo un acierto. Entiendo que la experiencia de Maroto tiene que ver con ello.





Hasta aquí este “Érase una vez…” de alguien al que tengo respeto y admiración a partes iguales. Ya solo queda que me cruce con él en algunos de los salones del cómic a los que estoy deseando volver y que me añada una dedicatoria con uno de sus fantásticos dibujos. Enhorabuena, señor Esteban Maroto, lo ha vuelto a hacer y lo ha vuelto a conseguir. Chapó.