PANDILLA
Matilde tiene veinticuatro años, de estatura media, cara
redonda y pelo castaño recogido en coleta; usa poco maquillaje, solo una raya
negra por debajo de sus ojos marrones y las uñas del mismo tono. Viste una
cazadora de cuero rojo, mallas a rayas de mil colores, una sudadera de AC/DC y unos
botines con una pequeña cadena. Hace meses que se codea hombro con hombro con
Julián y Amanda. Julián y ella no pegan demasiado. Él es un niño de trece años
con aspecto de pijo; un poco más bajo de lo normal para su edad, barbilampiño,
a pesar de que se le empieza a notar una pelusilla amarilla como bigote, ojos
azules, pelo muy corto y rubio, siempre sonriente, presumiendo de una dentadura
perfecta. Acorde con su condición, lleva una chaqueta de marca cara conjuntada
con un polo, unos pantalones de esos chinos grises y unas zapatillas que superan
los cien euros. Ambos son de los primeros de esta banda. Se puede decir que
fueron los que la montaron. Amanda se presentó como unos dos meses después de
la llegada del chico. Es una mujer entrada en la cuarentena, alta, supera el
metro ochenta, ojos color miel dentro de una tez morena, nariz achatada, boca
grande con falta de alguna pieza dental y pelo negro suelto que sobrepasa sus
hombros. Va con un vestido largo azul verdoso oscuro de gran escote que eleva
sus pechos enclaustrados en un sujetador negro y unos zapatos de tacón bajo que
le sirven para caminar a gusto con su peso. Como parte de esta banda, también están
el jubilado Antonio, la vendedora de cupones Carmela, Jacinta, la chica de la
frutería, Macario, el del taller de motos, Héctor, el repartidor de comida a
domicilio o Rosa, la anciana amante de los gatos, y no podemos olvidar a
Juanito, el niño de seis años del uniforme impoluto de su colegio concertado
que aspira a ser el hombre más rápido del mundo por las carreras que se echa
continuamente con sus compañeros de clase. Entre unos y otras, dan forma a un
grupo de treinta individuos de distintas edades, físico, procedencia, ideas
políticas y clase social. Todos han pasado por escaparates de tiendas de barrio,
farolas, marquesinas de autobuses urbanos, entradas de hospitales y escuelas,
grandes almacenes, estaciones de trenes, pizzerías y puestos de kebab o
churrerías. Hoy han aceptado a un nuevo miembro en su cuadrilla. Se trata de
Emilio, un hombre que roza los sesenta años, regordete, con barba cerrada y
blanquecina acorde con las canas que pueblan su cabeza, cejas pobladas y nariz
griega. Le gustan las camisas a cuadros un poco desabrochadas por encima de su
prominente barriga, las chupas vaqueras en consonancia con los pantalones
ajustados del mismo estilo y las botas de montaña. Él ha pasado directamente de
la calle al panel de la comisaría. Y, al igual que todos los integrantes de
esta pandilla, ahora es una fotocopia en color más pegada en el tablón de desaparecidos.