domingo, 2 de agosto de 2026

Texto Mandrílico Agosto 2026

 

PANDILLA


Matilde tiene veinticuatro años, de estatura media, cara redonda y pelo castaño recogido en coleta; usa poco maquillaje, solo una raya negra por debajo de sus ojos marrones y las uñas del mismo tono. Viste una cazadora de cuero rojo, mallas a rayas de mil colores, una sudadera de AC/DC y unos botines con una pequeña cadena. Hace meses que se codea hombro con hombro con Julián y Amanda. Julián y ella no pegan demasiado. Él es un niño de trece años con aspecto de pijo; un poco más bajo de lo normal para su edad, barbilampiño, a pesar de que se le empieza a notar una pelusilla amarilla como bigote, ojos azules, pelo muy corto y rubio, siempre sonriente, presumiendo de una dentadura perfecta. Acorde con su condición, lleva una chaqueta de marca cara conjuntada con un polo, unos pantalones de esos chinos grises y unas zapatillas que superan los cien euros. Ambos son de los primeros de esta banda. Se puede decir que fueron los que la montaron. Amanda se presentó como unos dos meses después de la llegada del chico. Es una mujer entrada en la cuarentena, alta, supera el metro ochenta, ojos color miel dentro de una tez morena, nariz achatada, boca grande con falta de alguna pieza dental y pelo negro suelto que sobrepasa sus hombros. Va con un vestido largo azul verdoso oscuro de gran escote que eleva sus pechos enclaustrados en un sujetador negro y unos zapatos de tacón bajo que le sirven para caminar a gusto con su peso. Como parte de esta banda, también están el jubilado Antonio, la vendedora de cupones Carmela, Jacinta, la chica de la frutería, Macario, el del taller de motos, Héctor, el repartidor de comida a domicilio o Rosa, la anciana amante de los gatos, y no podemos olvidar a Juanito, el niño de seis años del uniforme impoluto de su colegio concertado que aspira a ser el hombre más rápido del mundo por las carreras que se echa continuamente con sus compañeros de clase. Entre unos y otras, dan forma a un grupo de treinta individuos de distintas edades, físico, procedencia, ideas políticas y clase social. Todos han pasado por escaparates de tiendas de barrio, farolas, marquesinas de autobuses urbanos, entradas de hospitales y escuelas, grandes almacenes, estaciones de trenes, pizzerías y puestos de kebab o churrerías. Hoy han aceptado a un nuevo miembro en su cuadrilla. Se trata de Emilio, un hombre que roza los sesenta años, regordete, con barba cerrada y blanquecina acorde con las canas que pueblan su cabeza, cejas pobladas y nariz griega. Le gustan las camisas a cuadros un poco desabrochadas por encima de su prominente barriga, las chupas vaqueras en consonancia con los pantalones ajustados del mismo estilo y las botas de montaña. Él ha pasado directamente de la calle al panel de la comisaría. Y, al igual que todos los integrantes de esta pandilla, ahora es una fotocopia en color más pegada en el tablón de desaparecidos.


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