Estamos ante una obra con un guion y unos dibujos que desembocan
en un cómic de mucha calidad. Que en la trama se mezclen amigos imaginarios con
la cruel realidad del protagonista, aparte de un buen aliño de Blues y alguna
que otra anécdota, da lugar a una lectura amena, dinámica y muy interesante. En
cuanto al color y a la distribución de las viñetas, se puede afirmar sin
remilgos que son espectaculares, resaltando aquellas que ocupan doble página,
plagadas de detalles y sutilezas que cuentan la historia por sí sola, sin
necesidad de bocadillos.
Gradimir Smudja es un dibujante y guionista serbio
afincado en la Toscana italiana. Trabajó como galerista en Suiza, después de
huir de su país en 1982 por no estar de acuerdo con el gobierno del mismo. Su
fascinación por Van Gogh le llevó a publicar una obra dedicada al pintor neerlandés.
Otras publicaciones suyas son El burdel de las musas, inspirado en la
Belle Époque parisina, El éxodo del Louvre o Mausart. He de
reconocer que lo he descubierto con este cómic. Espero poder seguir su carrera
de aquí en adelante, sobre todo porque los demás no suelen estar en castellano.
A través de un narrador omnisciente bastante particular, echa
a andar, aunque lo más adecuado sería decir echa a correr, esta biografía de
Jesse Owens en Alabama, título del primer capítulo. Conoceremos a su
familia, el entorno donde creció y a alguno de los animales que le «ayudaron» a ser
tan veloz. No se quedan atrás sus raíces como otra generación procedente de
esclavos afroamericanos, memorias narradas por su abuelo. Tampoco se deja pasar
la procedencia del Blues y su razón de ser: «Cantamos para no llorar». Otro
factor clave es el río Mississippi, con sus puertos, sus barcos cargados hasta
los topes sin descanso por afroamericanos y con los peligros naturales que
esconde bajo sus aguas, a los que hay que sumar los que vienen del cielo, como
los tornados. Uno de estos va a arrasar la rutina de nuestro protagonista y de
la comunidad a la que pertenece. Una vez pasado el trámite, la unión de tod@s
contribuye a su recuperación con la construcción de nuevas casas, una iglesia,
una escuela y hasta un salón de música y baile. Pero los problemas parecen
correr siempre a las espaldas de Jesse en forma de niños blancos, un oso o el
KKK, organización que se encargará de destruir todo lo levantado por su gente.
KKK: El terror de los demonios blancos es el título del
segundo capítulo, donde nos adentramos en los entresijos de tan siniestra
organización, en su hipocresía, su crueldad y en la rentabilidad que obtiene de
la mano de obra afroamericana esclavizada, una vez más, mediante un sistema
penitenciario basado en condenas a trabajos forzados. Delitos que, en muchas
ocasiones, son ficticios. Ante este panorama, y cierto conflicto entre su
abuelo y estos cafres, Jesse decide huir en compañía del narrador felino,
usando el ferrocarril como vía de escape. Medio por el cual descubrirá tanto
las bellezas de su país como las miserias y los peligros del mismo.
Y así nos plantamos en Ohio/Clevelan,
título del tercer capítulo y lugar esencial en la vida y en la trayectoria
deportiva de Owens. Recorrido que inicia aplanando el terreno de juego del
equipo local de fútbol americano. Es aquí, por azares del destino, donde comenzará
a dejar ver sus dotes para correr más rápido que nadie. Pero la vida de
vagabundo no es bien recibida por sus conciudadanos, que se quejan ante un
policía que va a resultar ser alguien esencial en la introducción de Jesse en
el mundo del atletismo. Las páginas dedicadas a la persecución policial son de
lo mejor del cómic, sobre todo por esos dibujos a doble página sin bocadillos
ya referidos. Los problemas con los uniformados continúan, aunque nuestro
protagonista escapa siempre por patas. De esta forma, en una de esas
persecuciones, terminará ganando una carrera y topándose definitivamente con la
ayuda del entrenador Larry Snider, que será quien consiga que ingrese en el
equipo de la ciudad en esta modalidad deportiva. Durante los meses siguientes,
Owens sobresale muy por encima de sus compañeros, conoce a Minnie, su futura
esposa, hija de un campeón de boxeo de los pesos pesados, al que tendrá que
demostrar que sus intenciones son buenas y sinceras. Llegan los primeros éxitos
y con ellos una cierta mejora económica que le va a permitir traer a su familia
desde Alabama hasta Ohio, casarse y ser padre. Y de aquí a las Olimpiadas de un
Berlín gobernado por los nazis. Eso sí, mientras los demás del equipo olímpico
viajan, entrenan y se divierten en la cubierta del barco, él se verá relegado a
un sucio y oscuro camarote en las entrañas de la nave sin siquiera derecho a
entrenador. Rendirse nunca ha sido una opción, con lo cual él entrena por su
cuenta con fuerza y disciplina durante todo el trayecto.
De este modo, pone los pies en Berlín,
título del cuarto capítulo. Todo lo acontecido y bien sabido se refleja a lo
largo de estas páginas, contagiándote de la euforia del momento, sobre todo por
las caras y cabreos de los nazis, con Hitler al frente. Cuatro medallas
conseguidas que grabarán el nombre de Jesse Owens en el Olimpo del atletismo,
sumadas a una gran amistad con el malogrado atleta alemán Carl Ludwig,
contrario a las ideas del Régimen, y a un pequeño guiño a Maus, de Art
Spiegelman, por parte del autor, que espero descubráis.
Pero los éxitos de Jesse en El regreso del
campeón, título del quinto y último capítulo, no le abren las puertas de la
Casa Blanca en el recibimiento del presidente Franklin D. Roosevelt por el
color de su piel. Un dirigente que ni siquiera se digna a mandar un telegrama
de felicitación a la estrella más popular del momento en su país. Con la fama
llegan las giras, de convención en convención, por distintos estados donde no
siempre va a ser bien recibido, donde no va a poder entrar por la puerta
principal de los hoteles o donde va a tener que sentarse en el espacio
reservado para los afroamericanos siempre que coja un transporte público. En
uno de estos sitios, un grupo de matones, siempre ocultos en un anonimato
conocido a voces, acaba partiéndole una pierna. Sin rendirse, una vez más,
decide que, si no puede correr, ayudará y entrenará a otr@s para que lo hagan,
incluso como Embajador Vitalicio del Comité Olímpico Internacional. No es hasta
pasados cuarenta años cuando recibe, de manos del presidente Gerald Ford, la
Medalla de la Libertad. Algo que no deja de ser, cuanto menos curioso, sobre
todo por lo de libertad. Jesse muere rodeado de su familia pocos años después
en Tucson, Arizona, el 31 de marzo de 1980. También está presente su mejor
amigo Essej, el gato negro narrador de sus aventuras y peripecias, que nos
conduce a un final donde volverá a hacer de las suyas para otro tetracampeón
afroamericano algunas décadas más tarde.
En los momentos actuales tan absurdos e
incomprensibles, donde personas racializadas pertenecen a las filas de la
ultraderecha, con gente LGTBIQ+ votando a aquell@s que l@s condenan, con
gobiernos que vociferan el recorte de unos derechos conseguidos con décadas de
lucha y sangre, con grupos como el puñetero ICE integrados por latin@s que
detienen a otros de su igual procedencia o por gobernantes que venden las
tierras de sus ciudadan@s a un estado genocida, se hace imprescindible y
necesaria una obra como esta biografía de uno de los atletas más grandes de la
historia y menos valorado por las élites de su país. Pero eso de la memoria, ya
sea histórica, humana o de cualquier tipo, no es ni ha sido nunca el fuerte de
dich@s dirigentes. Alguna terrible razón tendrán para ello. Mi más sincera
enhorabuena a Gradimir Smudja por este cómic tan indispensable en estos tiempos
oscuros que estamos viviendo.