lunes, 8 de noviembre de 2021

Pécau-Blanchar: "La Maldición Del Petróleo"

 




Antes de entrar de lleno en este artículo diré que este cómic que lleva por título “La maldición del petróleo” es algo imprescindible a la hora de entender hacia dónde se ha encaminado el mundo y su economía en los últimos dos siglos. No sé cuántas veces hemos dicho o escuchado eso de: “¡¡Como allí no hay petróleo!!”, o justo lo contrario, a la hora de analizar las razones desencadenantes de ciertos conflictos armados o el olvido por parte de la comunidad internacional ante los mismos. Pues bien, en estas páginas encontraréis la mayoría de esas causas. Otro asunto a destacar es el gran trabajo que estos dos autores galos, Pécau y Blanchan, han llevado a cabo. Definirlo como impresionante es quedarse corto.




La llegada de Jean Pierre Pécau al mundo de las viñetas es, cuanto menos, llamativa. Después de formarse como historiador consiguió trabajar como profesor asistente en la universidad, tarea que compartía con su gran afición, los juegos de rol. Dejó atrás su labor en la universidad para formar parte de la plantilla de una empresa de importación y distribución de juegos de rol donde logró desarrollar los argumentos necesarios para crear sus propios juegos. Además de esto, realizó guiones para televisión hasta que el interés de su hijo por los cómics hizo que él mismo se pusiera a hacer guiones para este medio. Entre sus obras destacamos “Esta máquina mata fascistas”, “La sombra roja”, la serie “Wonderball” y la participación en otras como “Star Wars. Herederos de un imperio” o “Spirou y Fantasio”. El guion de este cómic que tenemos entre manos es todo un alarde de trabajo de investigación explicado de una manera sencilla, con toques de humor, ironía y contundencia, que hará que no tengas la menor de las dudas acerca de lo que se está hablando.




El dibujante Fred Blanchard se formó en la escuela Superior de Artes Gráficas de Penninghen antes de comenzar su trayectoria como ilustrador. Además de dedicarse a fondos de escenarios en el cine y alguna serie como “Calamity Jane” y la adaptación de “Corto Maltés” para Ellipse Animation, tiene a sus espaldas obras como “Tiembla Roma” o “La revolución rusa” y su participación en series del calibre de “Hellboy” o las nombradas junto a su compañero Pécau. Blanchard no es un dibujante e ilustrador estrictamente dicho, pues su labor como guionista se ve reflejada en muchas de sus viñetas. En estas páginas hace toda una ostentación del manejo del blanco y negro fuera de lo común con esos fondos de viñeta oscuros con los que consigue, a veces, que casi sea imperceptible lo que contienen junto a un detallismo, unos cambios de dimensión y una expresividad totalmente hipnotizantes. La idea de repetir ciertas viñetas, o parte de las mismas, en distintos momentos y lugares es otro de los atractivos de esta obra que deja claro lo referido anteriormente en cuanto a su implicación en la parte del guion.



“La maldición del petróleo” se divide en tres apartes a las que hay que sumar sus correspondientes prólogo y epílogo. Dicho prólogo se basa en El templo de los adoradores del fuego de Atesham, situado a 30km de Bakú, capital de Azerbaiyán. Puede que este lugar nos resulte anecdótico, pero es de suma importancia a la hora de entender todo lo referente al petróleo. El capítulo primero, “Las siete hermanas”, nos detalla la llegada de los hermanos Nobel a esta trama de perforaciones y torres de extracción. Como bien se nos cuenta, y al igual de la mayoría de las veces en lo que atañe al llamado “oro negro”, todo sucede por casualidad, siempre que se tenga la cantidad de dinero necesaria para invertir, claro. Y de eso ya tenían los tres hermanos después de llenarse los bolsillos armando al ejército del Zar. Crearon todo un entramado de explotación, tanto de la tierra como de los obreros, alrededor del petróleo que convirtió a Bakú en una ciudad repleta de palacios y casas suntuosas, por un lado, y miseria y despotismo, por otro. Pero claro, la familia sueca no eran los únicos interesados en ese líquido negro al que algunos solo veían como un producto maloliente e inservible.  En otro lugar, que no podía ser otro que Estados Unidos, nacen ciudades que prosperan y se van a pique junto con el petróleo, como es el caso de Pithole. En esos momentos hace su aparición alguien de máxima importancia en todo este entramado, el señor Rockefeller y toda su descendencia, sobre todo, su hijo mayor John. Interesantísimo lo referente a este clan  familiar; sus entresijos comerciales, la forma de enriquecerse, su alianza con el magnate automovilístico Henry Ford, sus beneficios de los conflicto obreros en Bakú, liderados por un tal Koba que dará mucho de qué hablar en la URSS, sus triquiñuelas para esquivar las leyes federales, las reuniones clandestinas de los responsables de las sociedades petrolíferas y la creación de una hidra de siete cabezas, cinco estadounidenses, una inglesa y otra holandesa, que controlará todo lo habido y por haber en cuestiones petrolíferas.




En “El centro de la guerra”, título de segundo capítulo, nos adentramos, como bien se indica, en todo lo relativo al carácter principal del petróleo a la hora de ganar o perder cualquiera de los conflictos surgidos desde la mitad del siglo XIX en adelante. Con tal de hacerse con el preciado líquido, las distintas potencias mundiales exploran en los lugares más recónditos del planeta. Muy acertada la frase: “La Primera Guerra Mundial empieza a caballo y acabará en carros de combate y aviones”, como resumen acerca del cambio que el petróleo, y su posesión, va a imprimir en cualquiera de los conflictos que están por llegar. Acabada dicha contienda, con el resultado de sobra conocido, Inglaterra y Francia se hacen con los pozos de Persia e Irak y de Oriente Medio, respectivamente, aunque los británicos se van a quedar con la mayor parte del pastel. Y, como os podéis imaginar, es en ese instante cuando entran en juego los países de la península arábiga con Arabia y su desierto arábigo, cuyo significado en árabe es “zona vacía”, al frente. Una sustancia que los pobladores de esos lares llevan viendo cientos de años sin darle la mayor de las importancias va a convertir sus territorios en los mayores productores de petróleo del mundo cuya producción va a ser una pieza fundamental en la victoria de los aliados contra los nazis. Colonialismo puro y duro por parte de todas las potencias involucradas en la guerra con un solo objetivo, el “oro negro”. Ante esto, la astucia yanqui los conducirá a presentarse como los grandes portavoces del anticolonialismo como treta para hacerse con lo que sus antiguos socios galos e ingleses extraen en las zonas mencionadas.




Llegamos al tercer capítulo, “A tumba abierta”, donde nos enteraremos de todos los tejemanejes de los estadounidenses para alcanzar la cima de la industria petrolera. Algo que conseguirán colocando a dictadores en los gobiernos de ciertos países o reuniéndose clandestinamente con los de otros, como es el caso de los árabes. Este monopolio se tambaleará con la creación de la OPEP por parte de un caballero guerrillero venezolano y un jeque árabe. De aquí en adelante todo será inversión, subidas de precios, guerras basadas en la producción y el acceso a la misma, mareas negras, destrucción de selvas, mares y desiertos, crisis como nunca antes se habían conocido que arrastramos hasta el umbral de nuestros días, entrada en escena de personajes como Nixon, Sadam, Jomeini, la caída de todo lo que la llamada “civilización occidental” representa, atentados terroristas, pobreza  y desigualdades en los países con mayor producción de petróleo y un enfrentamiento entre Arabia Saudí e Irán que trae de cabeza a la mitad del mundo.




El epílogo se centra en tres conceptos bastante explícitos que nos recuerdan que la maldición sigue acechando, que hay que mirar hacia un futuro en negro y verde y, sobre todo, no tomarse a la ligera las decisiones del Petroleum Club como máximo representante de las tres hermanas supervivientes de aquellas siete. Como he dicho, una vez leído este cómic comprendes muchos de los asuntos que han acontecido en los últimos dos siglos hasta llegar al momento en el que nos encontramos. Mi más sincera enhorabuena a los autores porque si existe algún tipo de concepto acerca de lo que puede ser definido como un ensayo llevado al mundo del cómic “La maldición del petróleo” es un brillante ejemplo del mismo.




lunes, 18 de octubre de 2021

Festival Acerock III

 






La única manera posible de empezar esta crónica es agradeciendo a todo el personal de la Asociación ACERO por la inmensa labor que ha llevado a cabo durante el viernes y el sábado para ofrecernos un fin de semana de esos que son más que necesarios. Lo es porque para nosotr@s la música en vivo tiene un gran significado, mucho más si es a través de bandas como las que se subieron al escenario. He de reconocer que el viernes no me pasé por Mérida, pero el día siguiente estaba allí desde el mediodía ya que fui con un amigo y aprovechamos para ver algunas cosillas de la ciudad. Entrando de lleno en todo lo referente a esa jornada del festival diré que, como en todo, hubo cosas positivas y otras que superan lo negativo. En cuanto a lo primero, destacaría la conexión entre las bandas y público, el buen sonido, en general, de todos los grupos y al mejor ambiente que se respiraba en el Acueducto de los Milagros. Lo peor, y lo repetí una y otra vez antes de la dichosa pandemia, es que, desde el momento en el que se subieron dos de los miembros de la organización para presentar lo que se nos venía encima, se nos pidió que respetásemos el entorno y lo cuidáramos. Pues bien, os aseguro que me quedé hasta lo último de lo último, sobre todo por el chaparrón que cayó, y aquello se volvió a convertir en un mar de plástico y envases tirados por el suelo. Me parece muy hipócrita por cierta parte del público que tengas delante a bandas que en sus letras hablan de temas como el ecologismo y el respeto al planeta y que luego tiren cada envase que consumen fuera de los contenedores. No sé exactamente cómo, desde la propia organización, se debería corregir esto, pero hay formas de “obligar” a que guardes tu envase para que te lo rellenen o tener envases biodegradables. La cuestión es que no podemos echarnos tierra encima con comportamientos como este porque, seguro, que no nos vienen nada bien a vista del ayuntamiento. El tema de las colas para los tickets, del que tanto se habló durante y después, para mí, simplemente se debe al hecho de que no se esperaba tanta peña, pero es algo que de lo que deberán tomar nota para próximas ediciones que esperemos que haya y con tanto éxito como esta.






La banda, porque no les mola que les llamen dúo, de Almendralejo Mud Men fue la encargada de abrir la jornada con su apuesta de guitarra, voz y batería. En los tiempos que corren, me parece bastante arriesgada dicha apuesta, pero también necesaria a la hora de conocer y ver otro tipo de retos musicales. Sonaron verdaderamente bien y fueron calentando al poco personal que aún se concentraba en la explanada a base de buenos temas y versiones de Mountain y Motörhead, que ya es atrevimiento el hacer una versión de estos últimos sin bajista, pero, vuelvo a insistir, que fue un gran comienzo para lo que teníamos por delante. La conexión con el público fue bastante estrecha, aunque, por razones de escenario, la distancia entre ellos dos daba la sensación de que el batería era un simple acompañante del guitarra. Los digo porque creo que, para otros conciertos, si se colocan más cerca se les verá como la banda que quieren y merecen ser. Cerraron su actuación con “Jack Murray”, cuyo vídeo fue grabado con el apoyo de la organización. Les deseo mucha suerte y espero volver a verlos pronto.






Los granadinos Azrael fueron los segundos en tomar posesión de las tablas del acueducto. Banda mítica que ofreció un show verdaderamente entregado y con uno de los mejores sonidos del festival. También fue la primera vez que la lluvia hizo acto de presencia. Como a tod@s, se les veía con muchas ganas y su cantante Marc Riera hizo una labor sobresaliente, tanto a la voz como a la hora de conectar con el público. Heavy Metal de lo que podemos llamar “clásico” con gran instrumentación y buen hacer a base de una mezcla acertada de temas de su extensa carrera con otros de nuevo corte y grandes momentos como el de “Sacrificio”. Aún les queda una buena gira por delante en la que se merecen triunfar porque son grandes músicos, tal y como lo demostraron en Mérida.






Y llegó Leize y puso todo patas arriba y la peña se desgañitó y se entregó como si fuera el primer concierto que viera en su vida, para algun@s lo sería, no lo dudo. Con un sonido no lo suficientemente bueno en los primeros temas, sobre todo, en los coros y los Leize sin esos coros tan suyos pues como que no son lo que realmente son, repartieron cera de la buena durante un concierto del que tod@s hablaremos durante mucho tiempo. Se les veía contentos, entregados y con muchas ganas de escenario. Félix sabe perfectamente cómo conectar con el público sin soltar parrafadas o contarnos su vida; Toño es todo un showman que aporrea su bajo siempre con esa sonrisa en su cara; Ibi es uno de los mejores baterías de la escena estatal, sin lugar a dudas, y el nuevo fichaje a la guitarra, Mikel, es un chaval con todo un futuro prometedor por delante al que vi disfrutar como hacía tiempo que no veía hacerlo a un músico. “Sin Sitio”, “Dar El Salto” o “Futuro Para Mí” se unieron a clásicos como “Buscando… Mirando”, “Sangre De Barrio” o “Acosándome”, entre otros, a los que sumaron algún tema de su reciente trabajo homónimo que se conoce ya como “El álbum blanco” de la banda. Como suelen hacer en sus conciertos, cerraron con “Muros”, pero la insistencia del público, que quería más y más, hizo que volvieran para acabar definitivamente con “Noche de Ronda”. Sin duda, los grandes triunfadores del festival, por actitud, entrega, simpatía y saber estar. Es toda una alegría comprobar cómo una de mis bandas preferidas del Rock estatal goza de una salud tan buena. Una pasada de concierto, vamos.






Entre hacer cola para sacar algo de bebida y comida, con Leize era imposible separarse del escenario, y la espera a que te la sirvan para luego consumirla, reconozco que sacrifiqué, por decirlo de alguna manera, la mayor parte del concierto de Bucéfalo. Puede que fuera porque los he visto tropecientas veces desde aquel lejano “Guarerock” donde teloneaban a Rosendo en la gira del segundo disco del de Carabanchel. Si a eso le sumas las conversaciones con un@s y otr@s que te ibas encontrando, pues como que no te enteras demasiado de su show. Sea como fuere, durante el rato que los vi me pareció uno de los mejores conciertos de la banda emeritense. Jugando en casa, la guitarra del Chino y la voz de Carlinos, sin varita esta vez, fueron lo más destacado del su concierto, sin menospreciar la labor de los demás músicos, evidentemente. Sufrieron las primeras amenazas reales de lluvia que capearon con buenas interpretaciones de clásicos como “Modelnos” o “El Embargo” hasta llegar al cierra con un “Noviajo” coreado y celebrado por tod@s.






Sin duda, Saratoga era la otra gran apuesta del festival, pero la lluvia no les perdonó y su concierto no pasó de los veinte minutos. Está claro que, en estos casos, la seguridad de los músicos está por encima de cualquier cosa. Así que a Tete, Jero, Niko y a Jorge no les quedó otra que recoger los instrumentos y pedir al público que resistiera un poco ante la posibilidad de subirse de nuevo y acabar el concierto, algo que no ocurrió porque la lluvia fue a más. Con la promesa de buscar un hueco en su gira para volver a la capital extremeña, dijeron adiós a un festival que los esperaba con los brazos abiertos, o los cuernos en alto, como queráis, después de calentar motores con temas como “Maldito Corazón”. Triste final para una noche inolvidable después de todo lo vivido durante el último año y pico. La Naturaleza tiene estas cosas y ante eso poco se puede hacer.



Deseando que llegue la siguiente edición de Acerock, esta es la segunda vez que asisto al festival, después de la primera con Muro como cabezas de cartel en la jornada del sábado, solo nos queda volver a dar la enhorabuena a la organización que, supongo, estarán flipando por la gran acogida del evento. A ver si aprendemos en otras ciudades y nos dejamos de rencillas y malos rollos para poner por delante el buen Rock como nuestr@s paisan@s emeritenses están haciendo. ¡¡Salú y mucho Rock&Roll!!





lunes, 11 de octubre de 2021

Texto Mandrílico Octubre 2021

 

ME COMO UNA

 

No vas a conseguir que dejemos de jugar al parchís, qué va. Y no lo vas a hacer porque sentimos que podemos ganar, a pesar de haber perdido muchas partidas. Tampoco importa que te hayas agenciado tres de los cuatro colores del tablero porque sigues sin percatarte de que nosotras y nosotros partimos de un lugar donde caben todos los demás colores. Aquí están el morado de los puñetazos en los ojos, de los cardenales por todo el cuerpo, de los labios hinchados; el naranja de las frutas que pisoteas cuyo zumo no saboreas; el blanco de las noches en vela y la mente en tensión; el rosa de las flores que arrancas, trillas y aplastas, pero jamás te paras a oler; el negro de los rincones, las callejuelas y los cuartos donde nos obligas a amarnos y sentirnos; el marrón de la tierra con que nos lleva cubriendo sin que te des cuenta de que hace tiempo que sacamos la cabeza; te lo volvemos a repetir, están todos, absolutamente todos, los que escapan de tu imaginación e inundan la nuestra.

Tiras y avanzas moviendo ficha con arrogancia porque el tablero es solo tuyo desde ni se sabe cuándo. Ahora sacas un tres, luego un cuatro y, más tarde, un uno. Llegado nuestro turno, sacamos, por fin, un cinco. Colocamos nuestra primera ficha fuera y el sudor comienza a notarse en tu frente, un sudor de gotitas nerviosas que se unen en cascada sobre tu sien. Adelante con la siguiente ronda, tú un dos, otro cuatro y un cinco que de nada te vale porque hace tiempo que todas tus fichas están dispersas por los rectángulos numerados. Vuelve nuestro turno y, de nuevo, otro cinco y otra ficha en juego. Para ti esto es imperdonable. Bien está que juguemos con una ficha, pero dos, dos es intolerable. Ahora el sudor es de puro miedo; tanto, que estás literalmente cagado de miedo. Te aterra que te despojemos de esos privilegios, concesiones, derechos y placeres que te han sido otorgados por nacer hombre heterosexual. Y no, no voy a entrar en razas, tampoco en la simpleza de meter a todos los de esa condición en tu saco, porque con nosotras y nosotros están los que aúnan los tres colores que tú siempre has sentido como únicamente tuyos, algo que te encoleriza por encima de todo. Además, a nosotros y nosotras no nos hacen falta esos colores tan posesivos con los que te vistes porque muchos y muchas de los que deberían ser de los nuestros y de las nuestras, por desgracia, se calzan con ellos. Pero está bien, está muy bien, que te dé pavor enfrentarte a dos de nuestras fichas, sobre todo porque comienzas a sentir un canguelo infundado. Infundado porque nosotras y nosotros no hemos venido a arrebatarte nada, nos hemos plantado con dos fichas en nuestra puerta para que nos devuelvas el privilegio de poder andar solos y solas por las calles sin que se nos mancille, insulte o asesine; para que volvamos a tener la concesión de hablar, vivir y expresar libremente nuestra sexualidad donde queramos y con quien queramos; para que tengamos el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos sin que tú tengas que volver a disponer sobre ellos; para que sintamos el placer de ser nosotras y nosotros mismos sin dar continuamente explicaciones de por qué lo somos y, ante todo, para que esa decencia indecentemente cobarde que tienes de suicidarte después de matarnos acabe con la indecencia decentemente valiente de tenernos que suicidarnos por tu acoso, injurias, escarnio y mofas.

 Mira tú por dónde, en esta ronda de tiradas te quedas o bien donde estás, o bien pegado a la barrera que tenemos montada. Es nuestro turno, un seis y luego un uno, directos a seguro, el mejor lugar cuando se trata de jugar contigo. No tienes otra alternativa que pasar delante para plantarte en un lugar que jamás hubieras imaginado estar, justo en nuestro punto de mira. Nuestro dado rueda hasta plantar boca arriba otro cinco. Sacamos una tercera ficha para que esa furia de la has hecho siempre gala aparezca en tu cara. Solo puedes mover una ficha y ese dos la coloca a nuestro alcance. Seis, abrimos barrera, te comemos una y para casa. Sí, para tu casa, la misma en la que nos encerraste durante siglos en cocinas desde donde te servíamos platos y bebidas recibiendo, a cambio, golpes en la mesa y despropósitos cuando no eran de tu gusto; la que nos hiciste barrer y fregar millones de veces mientras te repantingabas donde mejor te viniera; la de los cuartos y habitaciones convertidos en celdas donde nos encerraste porque te avergonzabas de que fuéramos tus hijos, tus hijas, tus hermanas, tus hermanos; la de las escaleras por las que rodamos hasta abrirnos la cabeza contra el suelo; la de las ventanas por las que tuvimos que saltar para escapar de ese amor tan tuyo o de nadie; la de las puertas por donde nos echaste porque renegaste de nosotros y nosotras escupiéndonos en la nuca, pateándonos las costillas como despedida antes del portazo; esa que vas a encontrar fría porque nunca quisiste el calor de nuestros abrazos, las caricias de nuestras manos y los besos que te quisimos dar y tú siempre nos negaste.

Tranquilo, no te adelantes, te notamos nervioso, más alterado que nunca. Recoge el dado, te recuerdo que nos tocó un seis. Muy bien, deja que tu dado caiga hasta tocar el fondo de tu cubilete para que resuenen bien en tus oídos las faltas de respeto, las hostias con mano abierta, los puñetazos en el hígado, las patadas en nuestras partes y los disparos a bocajarro. Volvemos a echar a rodar nuestro dado y… cinco. Sacamos nuestra cuarta ficha. Tu cielo se desploma sobre tu bien asentada cabeza, tu infierno sube achicharrándote los pies y tu purgatorio se ensancha como un globo. Es tu turno, te tiemblan las manos al sentir que ahora es cuando verdaderamente comienza el juego.


domingo, 26 de septiembre de 2021

Texto Mandrílico Septiembre 2021

 

TERRAZA EN EL CIELO

 

Con el frío multiplicado por el viento y la humedad metidos hasta los tuétanos y mis maldiciones por lo que estaba viviendo mi país en esos instantes machacándome el cerebro, me encontraba deambulando sin rumbo por la inmensidad de ese Londres al que tanto debo y que tanto me arrebataba con su clima y mi nostalgia. Me pasaba mucho, sobre todo los días que, como aquel jueves, eran «free» en el trabajo que me tenía hasta el gorro, por no decir otra cosa, en el maldito restaurante de Fish & Chips. No sé cómo esa sociedad de señores de bombín y señoronas de joyas, tan modernos para hacer la música que hacían y tan conservadores como para alarmarse más que nadie por las dimensiones de las faldas de las chicas, pueden comer semejante mierda. Yo lo probé una vez y, como dicen en mi pueblo: «Hasta el verte», pero me satisfacía, en cierta forma, trabajar en un sitio que daba de comer basura sin que yo tuviera que probarla siquiera, aunque allí es lo que más se come, basura. No veas cómo echaba de menos los cocidos de mi madre, las albóndigas con tomate de mi abuela y el gazpacho de mi abuelo. Pero sí, me ocurría muy a menudo eso de perderme por la City mientras los recuerdos movían mis piernas sin rumbo fijo.

Una multitud que se cruzaban contigo sin prestarte atención, prisas expresadas con bocinazos de coches, autobuses tan altos que tapaban el poco sol que calienta la ciudad y gente que come y anda a la vez; yo era incapaz de comer y andar al mismo tiempo, eso de sentarse a yantar es algo que lo llevaba a rajatabla, aunque fuera plantando mi trasero en un banco del parque o en mitad de cualquier avenida. Con esa satisfacción, mezcla de regocijo e inquietud por no saber por dónde iba, saqué la cabeza de mis pensamientos aquel mediodía al notar que había un montón de personas arremolinada en frente de uno de los edificios de Savile Row. No es que a mí se me aplique eso de: «La curiosidad mató al gato», es que yo soy el propio gato y esa curiosidad es la que me sirvió para sobrevivir en aquella jungla bien distinta a mi pueblo de secano. Después de preguntar varias veces por la razón de aquel tumulto, siempre con ese inglés mío que nunca llegué a perfeccionar, un chico con acento irlandés me dijo que solo tenía que mirar hacia la azotea del inmueble y escuchar. Sí que se oía algo que venía desde el tejado, pero no conseguí identificarlo hasta que una voz que me resultaba terroríficamente familiar comenzó a inundar mis oídos. Me froté bien los ojos y los pude distinguir mientras Paul interpretaba una canción que no había escuchado antes y que terminaría por convertirse una de mis favoritas de la banda. ¿Quién no conocía a los Beatles en ese jodido país? Si hasta habían pisado el mío. ¿Y quién se iba a esperar que se subieran aquella azotea con ese frío que pelaba hasta los melones con piel de sapo de mi difunto tío Gervasio? Mirando bien la dirección entendí que mis vagabundos pies me habían conducido hasta colocarme delante de la famosa Apple Corps, la fundación creada por los Fab Four pocos meses atrás. Había chicos y chicas asomados a los balcones o subidos a las azoteas colindantes disfrutando de unas vistas privilegiadas de lo que estábamos presenciando. Los demás, la mayoría, mirábamos desde la calle hacia arriba como los que ven el descenso de un santo, o de una virgen, con la boca más abierta que un portón. Terminado el primer tema, Paul dio pasó a John que, con esa voz tan suya, se puso a interpretar un tema desconocido por todos los presentes. Al día siguiente pude leer en la prensa que el galimatías que emitía la garganta de Lennon no se debía a una broma propia del guitarrista, sino que se había olvidado de la letra y salió del atolladero con lo primero que le vino a la mollera. De esta forma, fueron arrojando desde su altura un tema tras otro, hasta que, pasados unos tres cuartos de horas, la policía hizo acto de presencia llamando una y otra vez, entre abucheos del público, a la puerta del edificio. Solo cuando amenazaron con arrestar a todos los involucrados consiguieron acceder al bloque y cancelar la actuación. Nos fuimos disolviendo entre abrazos, choques de manos y saludos que, por un instante, difuminaron la impersonalidad que atiborraba esas calles. Al día siguiente escribí a mi hermana contándole lo sucedido. Ella me respondió diciéndome que no sabía quién eran esos Beatles, bien que se enteró años después por sus hijos, y que si le iba a escribir contando mentiras y enredos en vez de cómo me iba el trabajo y el amor por allí, mejor que no gastara papel ni sellos.

Me han tomado por embustero en muchas de las ocasiones que cuento esto, a mí me da exactamente igual, yo sé lo que vi y oí aquella mañana de enero. Cuando eres uno de los privilegiados que vive algo tan especial sin quererlo ni beberlo los demás te toman por un cuentista o te elevan al mayor de los altares, yo no quiero ni lo uno ni lo otro. Cuando me siento triste o irritado solo necesito que los acordes de “Get Back” resuenen en mi cabeza junto a la voz McCartney y mirar hacia arriba para que el cielo entero se convierta en la terraza más famosa del universo.


martes, 7 de septiembre de 2021

"Zoo", De Philippe Bonifay Y Frank Pé

  




Antes de entrar en materia acerca de esta obra creo que hay que dejar claro que es una historia repleta de matices, tanto en lo concerniente al dibujo como al guion. Lo digo porque hay que estar bastante atento a lo que se nos pone delante de los ojos, y no por despiste, sino porque todo sobresale en este «Zoo».




Frank Pé es un artista belga que destaca por la calidad de sus viñetas dentro de unos cómics en los que las relaciones entre humanos y animales tienen tintes que rayan lo filosófico. Sus publicaciones más conocidas son la serie «Cabello Loco» o «Little Nemo». En las páginas que nos conciernen hace todo un alarde de técnica, tanto en color como en grises y sepias, donde los detalles de los animales alcanzan el nivel de cualquier libro de zoología. A esto le añades la minuciosidad a la hora de plasmar espacios donde las luces y las sombras sobresalen dando lugar a una serie de viñetas que, en ocasiones, poco necesitan de los bocadillos. De igual calidad es el guion del francés Philippe Bonifay en el que los personajes principales, sobre todo, y los secundarios están perfectamente delimitados en lo referente a personalidad y maneras de entender la vida. Autor de la serie «Piratas», parece ser que coincidió en el Salón del Cómic de Maubeuge con Pé donde surgió la propuesta de trabajar juntos; algo que se plasmó en esta serie que comenzó su andadura en 1994 y terminó en 2007.





Solo con el comienzo de estas páginas tratando lo sucedido con Anna, uno de los personajes principales, te sentirás empujado hacia todo lo que te vas a encontrar a continuación. Después de un salto en el tiempo llegamos hasta un pequeño pueblo de la Normandía de comienzos del siglo XX en el que el médico Célestin de Chateaudouble ha invertido toda su herencia en la creación de un zoo donde una larga lista de animales vive de manera que poco se puede comparar con ciertos recintos actuales de este tipo. Este doctor comparte dicho espacio con su hija adoptiva Manon y el escultor Buggy, ambos mantienen una relación, a los que hay que añadir la ya citada Anna. En esta parte comienzan los giros por parte de Frank en lo relativo a los grises y el color hasta que se consolida, sobre todo, la amistad entre los dos personajes femeninos para después presentarnos a Buggy y su trabajo. Con la 1ª Guerra Mundial en ciernes salen a relucir los miedos sobre la misma, el rechazo por superchería de un médico a Anna por su físico y los problemas económicos del zoo que intentan solventar con la venta de una escultura que Buggy nunca termina de entregar y algunas visitas guiadas al recinto. De este modo, termina la primera parte con un pasaje donde Manon hace alarde de ciertas dotes chamánicas para conseguir que Anna pueda sentir, por un momento, todo lo perdido cuando le arrancaron el sentido del que carece.





La segunda parte se inicia con una serie de viñetas donde Pé refleja con gran maestría la situación de las instalaciones a través del color para volver a saltar a los tonos sepias y grises cuando trata todo lo referente a la guerra. En esta parte Bonifay hace un pequeño inciso, una familia sufre un accidente de tráfico, para comparar el shock que sufre un niño con el de los soldados en las trincheras, además de reflejar la relación entre el cura de la población en propio Célestine y así ponernos sobre aviso de todo lo que va a suceder a continuación. Otro punto importante es la incursión de los hilos de la memoria que Manon usará para reflejar las vivencias de la mayoría de los habitantes del zoo, humanos y animales. Las noticias que llegan del frente acerca de la situación de los soldados en las trincheras dan pie a que nuestro doctor rural se planteé alistarse como médico de campaña. Esta decisión será el principio del derrumbamiento de la vida cotidiana de nuestros personajes. Para quitar un poco de yugo al asunto, los autores nos deleitan con una de las visitas guiadas con las que nuestr@s protagonistas quieren salvar la grave situación monetaria que sufren. El pasaje terminará proporcionándonos muchos más detalles sobre la personalidad de cada un@ de ell@s.





La tercera parte, y última, nos presenta un zoo en situación ruinosa y las tensiones surgidas entre sus habitantes después de la marcha de Célestine al frente. La grave situación económica impulsa a estos, con todo el dolor del mundo, a deshacerse de algunos de los animales y a vender algunas de las esculturas más preciadas por Buggy. Sintiendo cómo todo se desmorona, Manon se empeña en ir a buscar a su padrastro como única solución a la cascada de problemas que están viviendo. Al final, Anna decide llevar a cabo esta labor. Es aquí donde, realmente, la obra da un giro de ciento ochenta grados al adentrarse en todo lo relativo a la vida en las trincheras a través de una serie de viñetas que hablan por sí solas durante varias páginas seguidas. Todas las penurias y calamidades de la guerra se ven plasmadas de manera brutal en una serie de dibujos protagonizados, de nuevo, por el sepia y los grises con Anna atravesando y conversando con los dos bandos sin el menor atisbo de miedo, para sorpresa de ambos, hasta lograr esclarecer lo sucedido con Célestine. La vuelta de la mujer al zoo cargada con unas misivas de puño y letra del médico nos conducen hasta un final acorde con el carácter y la personalidad de todos l@s protagonistas, sobre todo de Manon.





«Zoo» no va a ser ni el mejor ni el peor cómic que vayáis a leer, pero el planteamiento por parte de Bonifay a la hora de reflejar las historias personales de los personajes, tratados con esa filosofía de la que Pé hace alarde, unido a la calidad extrema de las viñetas nos atrapa dentro de sus instalaciones, en el seno de unas relaciones fuera de lo común, tanto entre ell@s como con los animales con los que conviven. Esto les enseña a no juzgar a simple vista e indagar en los problemas de los demás hasta alcanzar los verdaderos valores, a través del cariño y el trato que dan y reciben, de aquell@s con los que comparten vida y espacio. Lo importante de esta colaboración entre estos dos autores es que consiguen hacerte sentir cada una de las alegrías, tristezas, preocupaciones y miedos de tod@s y cada un@ de sus protagonistas. Ese siempre es un gran logro que poc@s consiguen.