lunes, 5 de octubre de 2026

Texto Mandrílico Octubre 2026

 

NÉMESIS

 

Érase una vez que se era. Frena, frena, frena. Este no es el principio más adecuado para esta historia. No lo es porque podemos hablar en un presente tan genuino como, por desgracia, olvidado es el pasado. Mejor comenzar diciendo: Son, en este ahora que se es, dos hermanos que, para lo bueno, lo malo o lo regular, siguen conviviendo desde épocas antiguas. Épocas durante las cuales les han llamado y tachado de muchas formas y maneras; en demasiados idiomas, lenguas, dialectos y jergas.

Caín y Abel, bello y horrendo, Yahvé y Lucifer, tierno y devastador, y un sinfín de nombres y adjetivos que sería doloroso o placentero de recordar. Después de tanto de eso bautizado como tiempo, aquí permanecen, caminando de la mano, sin despegarse, como si de dos siameses imposibles de dividir se tratara. Hay quien apuesta por uno y quienes son verdaderos acólitos del otro. Y, claro está, también existen los que usan este o aquel a su conveniencia. Depende de cómo sople el viento, que se suele decir. Están los que le dan el beneplácito de motor del mundo y los que son puro combustible para sus andanzas. Pero ellos... a lo suyo, ofreciendo caricias o laceraciones según de quien se trate. Hay momentos en los que uno sobresale por encima del otro, sin embargo, lo único verdadero es que, como cualquiera de los contrarios, su existencia no tiene sentido por separado. Se buscan hasta encontrarse en huracanes y brisas, a ras del suelo o en las profundidades del universo, en cenizas y llamas, en las olas de un maremoto o en la serenidad de una charca, en el corazón y en el cerebro, en las manos o en la boca. De este modo, continúan rotando, dando vueltas y vueltas, en su perenne lucha por la victoria a lo largo de un presente que se dirige a ellos como némesis.

El amor y el odio, el odio y el amor son los únicos compañeros de viaje atrapados en la senda del hoy. Y hoy es el futuro, un futuro que, por desconocido y por mucho que nos empeñemos en atraparlo, soñarlo, despreciarlo o imaginarlo, es, al igual que su opuesto, el pasado, inimitable.