sábado, 29 de octubre de 2016

"Groelandia - Manhattan", Otra Gran Obra de Chloé Cruchaudet








Hay ciertos autores, autora en este caso, de los que, una vez que llegan a ti a través de una gran obra, quieres conocer más y más de su trabajo. Esto es lo que me ha ocurrido con la francesa Chloé Gruchaudet. Me impactó bastante el primer cómic que conocí de ella, “Degenerado”, del que encontraréis una referencia en este blog, y me he vuelto a quedar pallá con este segundo que he leído, “Groelandia – Manhattan”. Desde ya os recomiendo que echéis un vistazo a uno u otro porque vais, al igual que yo, a descubrir a una gran artista que toca temas de los que poca gente quiere hablar.






Chloé estudió animación en París, donde se licenció en el año 2000. Además de colaborar en proyectos televisivos, comenzó su andadura en el mundo de las viñetas a partir del 2006. El cómic del que hablaremos a continuación fue editado en el 2008 recibiendo el premio René Goscinny en su país natal. A pesar de ello, aquí casi tod@s la hemos conocido por su primera obra, referida con anterioridad, editada en España, “Degenerado”, por la que se le otorgaron varios premios, destacaremos el Premio del Público en Angoulême 2014. Así pues, es normal que, a pesar de ser anterior, este “Groelandia – Manhattan” haya llegado a nuestras manos con posterioridad. En lo referente al guion, Gruchaudet sigue sobresaliendo por presentarnos personajes que, por la razón que sea, tienen un fuerte conflicto personal además de no encontrar, por esas mismas razones, su lugar exacto, si es que existe dicho sitio, en la sociedad. Lo hace tanto desde el interior de estos personajes, el nuestro se llama Minik, como desde la vista externa de l@s demás. Este complejo proceso lo trabaja con tanta profundidad que es imposible no sentir, por un lado, cierta empatía con sus protagonistas y, por otro, no darse cuenta de que, en cierta manera, es@s demás no se encuentran tan lejos de ell@s. En cuanto al dibujo, sigue utilizando esa gran técnica de tonos oscuros y ocres tan característica que la hace inconfundible. Con ella imprime toda una paleta de sentimientos justo en los momentos que lo necesitan.





Las metas que el hombre blanco se ha puesto a lo largo de la Historia han llevado a hombres y mujeres de otras razas y culturas al borde de o a la misma extinción. Esto no es nada nuevo, pero parece que cuando se conoce uno de estos casos se conocen todos. La razón que veo en ello es que hay ciertos patrones que se repiten a lo largo del tiempo. Pues bien, eso patrones vuelven a aflorar en estas páginas. El explorador estadounidense Robert Peary aseguró, en su momento, ser el primer hombre en llegar al Polo Norte. Lo hizo acompañado de su fiel hombre de compañía, Matthew Hanson, el cual no recibió honor alguno por esta “hazaña” por el hecho de ser negro, y un puñado de inuits, esquimales, para entendernos mejor. Lo intentó unas cuantas veces antes de lograr su “éxito”. De ellas no consiguió regresar más que algún que otro meteorito, alguna piel de oso polar, perros de razas propias de esas latitudes y, en su penúltima tentativa, con una representación inuit formada por tres hombres, una mujer y un niño de cuatro años, Minik.





Después de cargar uno de esos grandes meteoritos que el señor Peary encontraba en el territorio de los esquimales, invita a un grupo de éstos a subir a bordo de su gran barco, algo extraordinario para ellos acostumbrados a sus kayac. Una vez a bordo, alardea de las ventajas de su civilización, donde las casas están unas encima de otras y no hace tanto frío. Antes la incredulidad de los inuits, y con su supuesto honor manchado por la misma, más que invitar obliga a esta comitiva a acompañarle para demostrárselo. Para él no son más que un grupo de indígenas que huelen mal y que deben ser entregados a la Ciencia para investigar tanto su anatomía como sus capacidades cognitivas. Así es como Minik, su padre Qisuk y sus tres acompañantes se presentan en el puerto de Nueva York ante una muchedumbre que está más pendiente de ellos que de los logros, o fracasos, de Peary. Mientras este explorador los define en sus conferencias como “Dulces Anarquistas” o “Niños Grandes”, inferiores a nosotr@s y de poco interés económico, aunque sí científico, los inuits se sorprenden tanto de la suciedad del agua del puerto como de ver a los caballos, perros grandes para ell@s, o de poderse tomar un baño de agua caliente porque sí.




La cuestión es que Peary está, como es normal, más interesado en recaudar fondos para su próxima, y última, aventura que en el estado de salud, tanto física como mental, de sus invitad@s. Se desentiende totalmente de ell@s dejándolos en manos de la directiva del Museo de Nueva York. En esos instantes es cuando se desarrolla todo el entramado real del asunto. Tanto el padre de Minik como sus otr@s tres acompañantes enferman y mueren siendo él el único representante del séquito esquimal que consigue sobrevivir. Después de esta tragedia, pasará a vivir con la familia del señor Wallace, uno de los administradores del Museo. En esta etapa Minik tendrá que ir a la escuela, conocerá algunas de las costumbres más raras, para él, de la gente que vive en la gran ciudad o será timado al cambiar todas sus pequeñas riquezas por unas simples canicas. Pero, quizás, el descubrimiento que dará un vuelco a su estancia en el continente será el del esqueleto de su propio padre metido en una de las vitrinas del museo. Esto, realmente, lo cambiará todo.




Él pide que le devuelvan tanto el cuerpo de su progenitor como el de los suyos. El señor Wallace intercede ante el director del Museo, pero sólo consigue que le echen a la calle por ello. Ante esto, no les queda otro camino que recurrir a la prensa mediante la que, con su típica repercusión mediática, consiguen sacar a flote toda esta trama. La dirección del Museo prefiere mandar de vuelta a sus heladas tierras a Minik, no sin antes hacerle firmar ciertos papeles, como solución al problema. Él regresa a Groelandia donde se enterará de que, por fin, Peary han conseguido, según él, llegar al Polo Norte. Durante sus primeras semanas entre l@s de su pueblo será el foco de atención tanto por las cosas que cuenta como por su vestimenta o manera de moverse. Hay que tener en cuenta que era un niño de cuatro años cuando salió de allí. Una vez llegado el momento de la caza, es consciente de que aquel tampoco es ya exactamente su lugar. Se encuentra perdido ante un mundo que le parece lejano y otro que lo desprecia por mil razones. Después esto decide volver desapareciendo en la inmensidad del territorio yanqui y creando toda una leyenda sobre su persona.



Puede que, como dije antes, todo esto os suene novedoso, pero, para nada, lo es.  Son las mismas pautas que se siguen dando desde que Colón trajo los primeros indios a Europa para que la Reina Isabel los conociera, aquellas que siguieron los ingleses llevando a Londres a los Mohawks con la intención de que apoyaran su causa ante los independentistas, iguales que las que utilizó Búffalo Bill para lucirlos en su circo, tanto en Norteamérica como en Europa, similares a las empleadas para cambiar el destino millones de africanos y muy parecidas a las que se usaron en Asia u Oceanía. El resultado suele ser parecido, la muerte por enfermedad, servir de esclav@s, o ser vapulead@s unas veces por las distintas concepciones del mismos Dios o por ese ser supremo que otr@s conocen por Ciencia. Siglos han pasado para que, para much@s aún sigue todo igual, podamos verlos como lo que realmente son, seres humanos. Por eso es importante no dejar de interesarse por obras como “Groelandia – Manhattan”. Tod@s l@s Minik del mundo tienen derecho a entender el mundo como crean conveniente, ya sea por cultura o forma de vida. Algo de lo que, con seguridad, aprenderíamos bastante si no fuera por ese falso concepto de superioridad que nos lleva invadiendo miles de años.