lunes, 1 de octubre de 2012

Texto Mandrílico Para Este Octubre


  Desde el momento en que me cambiaron de lugar la idea de que me iban a matar me empezó a machacar el cerebro. Todo dio un vuelco en  mi mente cuando me encontré en la habitación frente a papá. Los empujones y la asfixia desaparecieron durante un momento. El hombre del pelo negro me ordenó levantar las manos. Al principio me negué. Pero viendo que me iba a atar a la vieja tubería de plomo que cada invierno solía explotar con las heladas, a su segunda orden accedí como un verdadero esclavo. Aquella era una oportunidad única para buscar un momento de relajación de esos dos hombres y tirar con todas mis fuerzas de la cuerda para liberarme y después hacer lo propio con mi padre.

  Mi atisbo de esperanza no duró mucho más de quince minutos. El mestizo era más inteligente de lo que pensaba. Al intentar abrir uno de los pequeños respiraderos de la sala para que saliera el fuerte olor a barniz, le calló una gota de agua en la coronilla. Se palpó la cabeza y miró hacia arriba. Acto seguido se dio media vuelta y vino directo a mí como un rayo. Cortó la cuerda de un golpe con aquella impresionante navaja que llevaba entre el cuerpo y el cinturón. Me empecé a sentir bastante mareado. Creo que perdí el control y medio me desmayé. Todo en mi cabeza era como una película vista con cámara rápida. El tirando de mí, el penetrante barniz, yo perdiendo de vista la figura de papá, las escaleras y al final, el cuarto de estar que se me hizo como el triple en tamaño. Me volvió a atar a las patas del diván con un nudo que demostraba su experiencia en esos menesteres. Tenía que permanecer totalmente inmóvil si no quería ahorcarme yo mismo. Empecé a sentir un fuerte dolor en el pecho que acabó en un tremendo ataque de tos. Ante eso pareció compadecerse de mí y me colocó un cojín bajo la cabeza. No es que creyera de veras que se había apiadado, mas bien pensé que lo hacía para que no despertase a nadie de la cabaña de al lado con mis ruidos. Lo peor comenzó justo cuando apagó la luz al salir.

  La angustia subía por momentos. Vi cómo se dirigía de nuevo a la habitación. Sus pisadas bajando las escaleras retumbaban en mis oídos como mil cañones. Pude escuchar cómo ordenaba a su compinche que acabara con la vida de mi padre. No podía hacer absolutamente nada. La cuerda me apretaba el cuello mientras la tos me hacía respirar cada vez con más dificultad. El rubio se negó a obedecer recibiendo como regalo un par de insultos que ponían en duda su virilidad. Algo cambió al darse cuenta de que papá había conseguido desatarse. Se escucharon voces aún más altas. Una discusión a tres. Mi cabeza explotaría de un momento a otro si no ocurría algo rápido. Y así fue. De pronto el acto que esperaba solucionara todos mis males se hizo realidad. Pero una realidad de ningún modo deseada. Cuando conseguí comprender las palabras insultantes del rubio hacia el de piel morena, me di cuenta de que aquel tiro había acabado con la vida de mi padre.

  Todo se volvió de un  blanco intenso. Ya no había olor a barniz, ni angustia, ni sala de estar enorme, ni desván. ni cuerda que me asfixiara. No sé dónde me encuentro en estos instantes.  No hay absolutamente nada, ni siquiera sé si sigo vivo o muerto.