martes, 3 de abril de 2012

Texto Mandrílico Pal Mes De Abril

  Siempre deseamos tener más de un hijo. Al menos tres o cuatro. A los dos nos gustan mucho los niños. Esa fue una de las cosas que nos enamoró al uno del otro. Casi al año y medio de casarnos tuvimos a nuestro David. Éramos los seres más felices del mundo. Con aquel retoño en casa la vida nos cambió por completo. Pero tampoco nos importó demasiado. Yo seguí siendo una gran ama de casa, para ello me educaron desde bien chica, y mi marido un buen labrador que se levanta con el alba para trabajar las cuatro tierras que teníamos. Ese era nuestro sustento a la par que nuestra desesperación.

  Los años pasaban viendo crecer a nuestro pequeño. En esos momentos no teníamos demasiada preocupación por aumentar la familia. Nuestro hijo se hacía más grande día a día. Qué rápido empezó a andar. ¡Ni las liebres vamos! Cuando nos quisimos dar cuenta estaba correteando detrás de las gallinas y tirándole del rabo al perro.

  Pero la espera por nuestro siguiente hijo empezó a hacer mella en nosotros. Después de tres años de mi primer alumbramiento me volví a quedar embarazada. Al principio todo iba bien, sin complicaciones. Pero casi al tercer mes empecé a tener muchas molestias. Nuestra preocupación aumentó cuando una noche comencé a sangrar. Llamamos rápidamente al médico. Bueno, tan rápido como las piernas de mi marido consiguieron llegar a su casa. Menos mal que es un buen hombre y, aun siendo de madrugada y con un frío de mil demonios, vino a verme con la diligencia que su avanzada edad le permitía. Nos dio la peor de las noticias posibles. Se trataba de un aborto. Lo mejor era provocarlo pues yo podía correr peligro. Así se hizo.

  La tristeza anidó en nuestros corazones. Temíamos hasta tocarnos. Incluso llegamos a descuidar al pequeño David que por aquel tiempo pasaba más tiempo con mi madre y sus tías que con nosotros. El tiempo siguió avanzando. La normalidad volvió a nuestras vidas. Y para cuando nos quisimos dar cuenta estaba de nuevo en cinta. Empezaron de nuevo los temores. Los meses pasaban sin ninguna complicación y nuestra alegría iba aumentando. Nos cambió hasta el humor al ver que ya iba por séptimo mes y no tenía ningún tipo de complicación. Puede que fuese una de las etapas más felices que recuerdo de nuestras vidas. Hasta  tu padre tenía otro color de cara, también puede ser que acabó el verano y se pasó el calor. Eso a las embarazadas siempre nos viene bien. Llego el octavo mes y todo seguía bien. Fuimos a visitar al médico. Nos alegramos mucho cuando nos dio la noticia de que todo estaba correctamente. Así llegamos al noveno mes. Casi me muero de la espera. Nos tenías impacientes a todos los de la casa, yo diría que a todos los de la calle incluso.

  Los dolores de parto empezaron como a las 10 de la mañana. Mi cuñado Jorge fue rápidamente en busca de tu padre al campo. No sé si tardó mucho, no fui consciente del tiempo. Pero me alegré enormemente al saber que mi marido estaba en casa. Por supuesto, no le dejaron pasar a la habitación. Por aquel tiempo los hombres, todos excepto el médico, esperaban en el patio fumando, bebiendo o cosas así. Eso de ver parir a tu mujer es demasiado moderno. Lo que nos hiciste sufrir… tanto a ellos como a mí. Tu parto fue mucho más doloroso y largo que el de tu hermano. Pero por fin llegaste. Qué pequeño eras. Yo estaba agotada pero necesitaba verte como fuera. La desesperación era mayor que todo el dolor y el sufrimiento juntos. De repente entró tu padre para decirme que no estabas en casa. Pero cómo era eso posible, si acababas de nacer. No conseguía creérmelo, me pareció una broma de mal gusto. Empecé a gritar tu nombre como una loca hasta que mi madre me explicó. El médico dijo que habías nacido con el pie derecho un poco torcido y te tuvieron que llevar rápidamente al hospital. Todos quisieron ir contigo pero él aconsejó que sólo fuera una persona así que fue tu abuelo el que le acompañó. Siempre le daremos las gracias al viejo médico Antonio por haberte llevado corriendo a arreglarte el pie. Cogió su coche, lujo impensable para nosotros en aquellos tiempos, y salió como alma que lleva el diablo para la residencia. Cómo nos hiciste sufrir. Lo tuyo siempre fue hacernos esperar tanto para venir al mundo como para que te conociéramos. Por fin cuando como a las nueve de la noche te trajeron a casa de nuevo y, con tu piecito vendado, caíste en mis brazos. Volví a ser la mujer más feliz del mundo. Éramos la familia más alegre del universo. Todo eran risas y jaleo. Por cierto lo primero que dijo tu hermano al verte fue: “Mama, qué feo es ¿no?”  Este David nuestro fue el que puso el chiste a tu llegada y creemos que incluso te reíste con él por primera vez en tu vida. Tal vez por eso sea que te guste tanto reír.

 No tuvimos más hijos, pasaron muchas cosas, algunas buenas, otras malas, otras muy buenas y otras muy malas pero esas te las contaremos otro día. Ahora vete a jugar por ahí que nosotros tenemos que seguir arreglando la casa. Y si vuelves y está fregado recuerda que tienes que esperar a que se seque, aunque te mueras de sed. Le miramos y parece mentira que pueda correr y saltar como un gamo. Ya ni nos acordamos de su pie torcido. Aunque yo siempre sabré que no tardará mucho en dejarme. Lo hizo nada más nacer así que ese es su destino, ser un gran viajero.