jueves, 1 de diciembre de 2011

Texto Mandrílico Pa Diciembre

EL JUEGO DE LOS PLANETAS

Alba era una niña delgada, de estatura normal para su edad, tenía unos hermosos ojos negros que, junto a su nariz algo respingona y a su boca de anchos labios, convertían su morena cara en algo que a nadie, o a casi nadie, dejaba indiferente. Como no tenía hermanos, el regreso al colegio siempre era un momento especial, pero este año se incorporó un tanto amedrentada, la nueva era ella. Situación que no pasaron por alto sus compañeros de clase. Así trascurrieron los primeros días de colegio, entre intentar hacer amigos y la soledad de ser la nueva.

Ella tenía un truco para combatir aquel estado tan poco apetecible para cualquiera. De pequeña su abuelo Ángel le regaló una armónica que solía llevar encima como si se tratara de su mejor acompañante. Incluso había aprendido a tocar partes de canciones que escuchaba cantar a su madre mientras ésta la bañaba o jugaba con ella. Pero, a veces, ni siquiera la armónica conseguía sacarla de aquella penosa situación. Por lo que no estaba tan dicharachera como de costumbre. Poco a poco se estaba volviendo bastante seria. No entendía cómo sus compañeros de clase podían ser tan cerrados en algo que ella veía tan maravillosamente amplio. Y así pasaron varias semanas sin encontrar forma alguna de resolver aquella cuestión que le inquietaba.


Durante este insufrible periodo vino a disfrutar de un tiempo con la familia el abuelo Ángel. A la niña siempre le había impresionado su antecesor, con esas anchas espaldas, sus alargadas manos, su no muy poblada barba, esa gran sonrisa cargada siempre de cierto misterio y, sobre todo, la extraña aureola que envolvía al viejo. Ella sabía que él podía ayudarla, pero cómo acudir con su problema a aquel que aparentaba no tener ninguno. De lo que no estaba al tanto Alba era que el abuelo ya se había fijado en su extraña actitud.

Un día mientras ambos jugaban a las damas, juego que el abuelo había enseñado a la niña durante su estancia anterior, le dijo:
- “Alba, hoy no prestas la suficiente atención al juego. ¿Te preocupa algo?”
- “No, nada.” Respondió la niña.

Sin querer insistir siguieron jugando al antiguo juego del milenario tablero. Pero él era consciente de que esa pregunta era el primer contacto con el problema que anidaba en la mente de la pequeña. Ella, sin darse del todo cuenta, también fue consciente de ello.

Trascurrieron un par de días más entre partidas de aquellas redondas fichas y el abuelo volvió a insistir:
- “¿Seguro, pequeña, que no te ocurre nada?”

Después de pensar un corto rato la niña contestó:
- “Abuelo, a mí me encanta la música pero no tengo predilección por ningún estilo en especial. Sin embargo mis compañeros del colegio andan siempre enzarzados en demostrar que sus gustos musicales son mejores que los de los demás. Intentan ponerme de parte de unos u otros. Como yo no me decanto por ninguno, y encima soy la nueva, me cuesta hacer amigos. ¿Qué crees tú que puedo hacer?”

El viejo se quedó mirando a la cría y le dijo:
- “¿Te gustaría escuchar una historia sobre nuestro planeta?”
- “Sí, sí, por favor.” Contestó ella. Aunque no estaba convencida de si aquella historia tendría algo que ver con lo que le había contando. Pero sabía que las historias del abuelo siempre eran bonitas y, sobre todo, emocionantes.
- “¿Sabes quienes son los abuelos y los padres de La Tierra?” Preguntó el anciano.

Una pregunta tan rara no era precisamente lo que Alba esperaba como comienzo del cuento y, bastante sorprendida, contestó:
- “Pues, la verdad... no.”
- “Ya lo suponía. Pues bien, el abuelo de la Tierra es el Universo y su abuela la Eternidad. Estos tuvieron un hijo al que llamaron el Sol y una hija a la que dieron el nombre de Vía Láctea, padre y madre, respectivamente, de La Tierra”
- “Ah! Todo eso está muy bien, pero ¿qué tiene que ver con mi problema?” Increpó con la natural impaciencia e incomprensión de los de su edad.

Lo que provocó una gran risotada en el anciano, conocedor de dicha reacción. Estas risas no asustaron demasiado a la niña. Ella disfrutaba con esa expresión de su abuelo. Entonces él dijo:
- “Te contaré una historia más antigua que todas las edades de los hombres y mujeres juntos”

Esto sí preocupó a la muchacha. No pensaba que su problema fuera tan grande como para tener que recurrir a una historia tan lejana. Entonces le preguntó:
- “¿Tan grave es lo que me ocurre?”

El anciano volvió a reír con la respuesta de la pequeña y, después le contestó:
- “Tranquila, no es algo tan grave como piensas. Ahora escucha con atención. Hace muchísimo tiempo, tanto que ya nadie, o casi nadie, recuerda nada de esto, el Sol y la Vía Láctea fueron teniendo uno a uno sus nueve hijos.”
- “¡Nueve, como los años que tengo yo ahora!” Exclamó la pequeña interrumpiendo al anciano.

Este, sabiendo la enorme paciencia que hay que tener con los menores dio un gran suspiro y continuó:
- “Sí, exacto, nueve como tu edad. Pues bien, estos hijos del Sol y la Vía Láctea eran siete niños y dos niñas. Una de las niñas es la más guapa que jamás haya existido y existirá, su nombre es Venus. La otra es nuestra verde y azul Tierra. Los nombres de los niños son: Mercurio, el segundo más pequeño de la familia; Marte, de aspecto bastante rojizo, casi rojo del todo; Júpiter, el más alto de todos; Saturno, el segundo más alto, siempre lleva una fabulosa corona de colores en la cabeza; luego nació Urano, después de éste, el irascible Neptuno y, por fin, el menor, al que llamaron Plutón...
Así fue como se formó la gran familia de planetas.

Estando un día todos los hermanos juntos se dieron cuenta de que se aburrían enormemente. ¿Qué podemos hacer para no aburrirnos tanto? - preguntó el rojizo Marte- La verdad es que no se me ocurre nada- le contestó Saturno, el de la preciosa corona- Podríamos jugar al pilla-pilla -propuso Mercurio- ¡No!- gritó Urano- es muy aburrido porque tardamos mucho en atraparnos. ¿Entonces qué hacemos?- cuestionó el siempre irritable Neptuno- Y si jugamos al escondite- le contestó la bella Venus- ¡Tampoco! - dijo La Tierra- tú siempre haces trampas y te escondes la última para conocer los escondites de los demás. ¿Por qué no jugamos a algo ya? Exigió el pequeño Plutón entre caprichosos sollozos. Entonces hizo su intervención Júpiter, quien propuso ir a consultar al padre de todos, el Sol, a ver si les enseñaba algún juego nuevo y divertido de los muchos que él conocía.”
- “¡A la comba!” Exclamó excitada Alba.

Esta inesperada interrupción volvió a hacer reír al abuelo de manera estrepitosa. Cosa que enorgulleció a la pequeña siempre impresionada por la risa del anciano.
- “No, chiquilla, no. Es otro juego, tranquila, ya verás. Como Júpiter era el mayor, todos confiaban siempre en él y decidieron aceptar su propuesta e ir a hablar con su padre, el Sol. Después de buscarlo durante un tiempo lo encontraron conversando con su madre sobre lo traviesos que eran aquella pandilla de niños. Fue el pequeño y llorón Plutón quien, saltando a los brazos de su padre, le gritó sin más: ¡Papá, nos aburrimos con todos los juegos que conocemos! ¿Por qué no nos enseñas algún juego nuevo y divertido de los muchos que tú conoces?”

El Sol se quedó pensativo y después de mirar uno a uno a todos sus vástagos comenzó a sonreír. Dejó al pequeño Plutón en el suelo. Pasó el brazo por el hombro de su esposa y se alejaron durante un tiempo. Esto no inquietó demasiado a los niños, sabían que aquella reacción era una buena señal. Al volver, la Vía Láctea se quitó su enorme manto adornado de estrellas y cometas y lo extendió entero, cual inmenso era. Esto hizo saltar a los niños alejándose así de sus progenitores. Calma - comentó con su inigualable ternura la madre- vuestro padre os va a explicar un juego que seguro os divertirá por muchos años.

Uno a uno, mientras el Sol los iba nombrando, fueron pisando el hermoso manto de su progenitora. Al primero que llamó el padre fue a Mercurio. Le susurró algo al oído que hizo reír a más no poder al pequeño y le dijo que se colocara junto a él. Después le llegó el turno a la bella Venus, luego a su hermana Tierra, al rojo Marte, al gran Júpiter, al coronado Saturno, después a Urano, al agrio Neptuno y, aunque pensaba que se había olvidado de él, por último llamó al pequeñín Plutón. A todos les susurró algo al oído y, una vez colocados, según el orden de llamada, sobre el manto de su madre, el Sol abrió todo lo que pudo sus grandes ojos y un enorme haz de luz los fue iluminando. Conforme ese sin igual rayo fue alcanzando a cada uno de sus hijos estos comenzaron a bailar y cantar la canción que el padre les había susurrado. De esta manera fue como Mercurio empezó a bailar y cantar su propio baile y canción, distinta por completo a la de Venus, y la de ésta era distinta, a su vez, a la de la Tierra y así sucesivamente hasta que los nueve estuvieron bailando y cantando sus propias canciones y bailes.

Cuando todos estaban bailando y cantando se dieron cuenta de que aquel juego era el más divertido que habían conocido hasta entonces porque podían jugar solos, con algunos de sus hermanos o, si les apetecía, todos a la vez. Y, tanto si jugaban de una manera u otra, siempre era increíblemente ameno. Así pasaron miles y miles de años jugando sin aburrirse y, aunque ni Mercurio ni Venus tuvieron hijos, la Tierra se lo enseñó a su hija, la misteriosa Luna, Marte a los dos niños que tuvo, Júpiter a sus dieciséis hijos, Saturno a los diecisiete que nacieron de él, Urano a sus cinco pequeños, Neptuno a los dos suyos y, el pequeño Plutón al que siempre va con él agarradito de su pequeñas manos.

De esta forma podrás darte cuenta que existen muchos bailes y canciones diferentes. Todas ellas igual de divertidas, melancólicas, ruidosas, lentas y rápidas. Pero, en ningún caso nunca ninguna es mejor que otra. Así que, si realmente amas la música, intenta conocer todas los bailes y canciones que puedas pues siempre descubrirás un sentimiento nuevo en cada uno y una de ellas.”

El viejo calló, la niña quedó del todo impresionada por haber encontrado salida a su problema y, sin esperarlo sintió la barba del abuelo en la mejilla que se despidió de ella aquella tarde con un enorme beso. Así fue como al día siguiente, y al otro, y al otro, la niña siguió yendo al colegio y durante toda su vida cada vez que algún compás o acorde nuevo llega a sus, ya no tan pequeñas, orejas siente ese beso con la misma intensidad de aquella primera vez.