miércoles, 5 de abril de 2017

Texto Mandrílico Abril 2017


La idea de revolución lleva intrínseca muchos y variados matices. Unos son notables, como el valor, la lucha por el cambio, la entrega o la solidaridad, y otros, como los intereses ocultos o la propia cobardía, igual de miserables que aquellos contra los que se batalla. Recuerdo la primera vez que, siendo esclavo, me uní a aquella horda de desamparados dirigidos por un tracio al que nunca llegué a ver la cara. Dos años de peregrinaje con la libertad anidada en nuestras entrañas y la venganza sentada a la mesa de nuestros señores esperando para devorarnos a nuestra vuelta. ¿Valió la pena? Claro que valió la pena, sólo mientras duró, pero la valió.

La Historia avanzó, el mundo siguió su curso y yo cambié de lugar y el término esclavo por el de campesino, vasallo, colono o soldadesca. Siglos pasando del bracamarte a la cimitarra para verme rodeado de aquellos que se alzaron con la intención de acabar con nuestros dolores. Otros dos años de lucha para cambiar nuestro día a día se quemaron entre las llamas de las de la criminalización, la huida o el ajusticiamiento como los rastrojos de la cosecha.  De esta forma conseguimos afianzar en el trono a uno de los mayores emperadores de la humanidad. Sólo me queda la satisfacción de saber que murió en un monasterio saliéndole la carne de buey por la boca, el vino por las orejas y la gota por los pies.

No tuve suficiente con enfrentarme al padre que me uní en contra del hijo, el mismo que, según él, representaba al Espítu Santo y cuya luz nunca se ponía. Así fue mi estancia en la Granada morisca del católico emperador. Combatimos para poder vivir bajo nuestras costumbres y terminamos siendo fieles servidores del invento más genuino de la cristiandad, la Inquisición.

Pasaron los años y con ellos los siglos y di con mis huesos en la capital de la Francia más adulterada y viciada por las clases reales. ¡Abajo el absolutismo y el feudalismo! ¡Dejad paso al pueblo y su República! Esto gritábamos entre pólvora, hambre y esperanza. Sí, vencimos y derrocamos guillotinamente a nuestros opresores. Luego supimos que habíamos dado comienzo a lo que se dio por llamar “La Edad Moderna”. También vivimos la implantación del bien nombrado Terror, la burguesía y, para finalizar, el golpe de Estado que nos llevaría, de nuevo, a luchar por un emperador de pocos centímetros de altura, pero de ambiciones extremas. No entrando en mis planes acabar hecho carámbano en las lejanas tierras del zar, salí corriendo, de nuevo, hacia el sur. Me vi reflejado en los horrores de la mente de un pintor que plasmó de manera excepcional aquella guerra que libramos para derrocar al enano emperador galo. Conseguimos la victoria y con ella la vuelta de nuestro demandado rey. Cuánto júbilo con su regreso y cuánta represión, muerte, desgracias y ultrajes durante los años que su culo católico calentó su trono.

Cansado de este maldito continente salté al Nuevo Mundo con la ilusión de que el término sería más amplio que el original significado de aquel adjetivo. Ciudades repletas de la misma mugre habitadas por gentes de religiosidad variada y radical me impulsaron a recorrer las vastas zonas del interior de aquel incipiente país donde ya prosperaba con fuerza la esclavitud y la soberbia de un ejército azul subido de tono por su victoria sobre otro gris. Presionado por todas estas novedades acabé sentado rodeado de hombres que nunca tomé por salvajes dentro de una tienda hecha de piel de bisonte y ultimando los detalles para acabar con un rubio de bigote y barba atusados por la ambición y la crueldad. Y sí, también acabamos con él, y con casi todos sus secuaces, cambiando el verde amarillento de la pradera por el rojo de sus venas. Comimos hasta reventar, celebramos hasta que se nos escuchó en todo el Universo, pero el Gran Espíritu no pudo con las armas posteriores de aquel celeste ejército. No soporté el hacinamiento, el hambre, el alcohol y la degradación de aquellos lugares de igual nombre que los grandes vinos. Una gran raza encerrada en una botella de licor sin nombre en cuyo interior flotan los restos del naufragio de sus costumbres ancestrales.

Llegó el nuevo siglo y, cómo no, arrancó con una cruenta guerra a la que llamaron “de las trincheras” aquellos que desconocían el frio de sus entrañas, los piojos de sus paredes y el aire mortalmente gaseoso de sus nubes. También, desde mi evitado norte llegó otra revolución. Con ella mataron a sus arrogantes zares e instalaron en el poder al proletariado y al campesinado. Lo que desconocían, aunque lo aprenderían con creces, es que de igual forma que redujeron a cenizas aquella aristocracia afianzaron en la presidencia al dictador más sanguinario del siglo que sólo consiguió tapar sus crímenes venciendo otro igual de despiadado, inhumano y atroz.

Viví y estuve involucrado en más revueltas, pues, parece ser, que este es mi destino. Saludé a Zapata para que fuera asesinado por la traición. Festejé una República en el mismo país que luego la defendió en una contienda que, como todas, la perdieron los poetas. Corrí de nuevo por las calles de un Mayo parisino que acabó engullido por el capitalismo, los souvenirs y el pijerío. Derrocamos al eterno Sha persa con esperanzas de cambios en el endémico vivir de aquellas tierras y brotaron, sin haber derramado ni una sola gota de sudor, unos señores llamados ayatolas que, de no ser por su indumentaria, bien podrían identificarse con los inquisidores. Me alcé contra un dictador centroamericano al lado de un ejército conocido como sandinista que consiguió el poder no para su pueblo sino para que las familias de sus coroneles sigan gobernando revolcados en la opulencia y el dinero. Pertenecí a los últimos presos herederos de la lucha antimilitarista de este Estado y ahora, que todos los hombres jóvenes pueden elegir ser soldados o no, este mismo Estado se militariza más que nunca porque vivimos en un planeta globalizado por el desprecio al otro y el resurgir de viejas ideas políticas. Me alegré cuando la primavera se hizo árabe y, mientras me hacían una inspección anal como parte de mi acusación por homosexual en Túnez, lloré desconsoladamente con la puesta en libertad de Mubarak y la interminable guerra siria.


Una vez contado todo esto, y de machacaros vuestras sienes con mi vida, puedo deciros que jamás me echaré atrás ante el término revolución. De igual forma, me sinceraré diciendo que lo que realmente me aterra, indigna, desespera y pisotea mi terca idea de un mundo mejor es todo lo que sucede, acontece, crece y llega al poder después de cada una de ellas.