domingo, 7 de febrero de 2010

El Hombre Que Ríe


No es mi intención hacer una crítica sobre alguien tan grande de la literatura mundial como es Víctor Hugo. Creo que está más que demostrada su genialidad como para ponerla yo en duda. Pero sí que voy a ser sincero, este es el primer libro que he leído de él. Todo el mundo me dice que debo leer “Los Miserables”, supongo que tendré que hacerlo algún día, porque lo que tengo claro después de conocer esta obra es que merece la pena conocer algo más sobre tan ilustre escritor.

Me han sorprendido los conocimientos que el autor tiene sobre un montón de temas. Cuando en la actualidad escuchamos tanto a escritores, guionistas de cine o músicos sobre la importancia que tiene la investigación o el trabajo de campo a la hora de crear sus obras me parece increíble que alguien pueda hablar de tantos temas con esa soltura y fidelidad. Si no tenía ni idea de cómo se creó, o cómo funcionaba, el Parlamento inglés, o los entresijos de su monarquía, aquí me encontré con ello de lleno. Pero no sólo eso, cuando toca temas como la navegación, la botánica o el sistema carcelario británico, con alusiones al europeo también, de los siglos XVII-XVIII es espectacular. Todo aliñado con un toque filosófico de lo más personal y acertado. Hubo momentos que me parecía más un ensayo que una novela.

Tampoco os voy a contar la historia del libro, la recomendación, evidentemente, es para que lo leáis. Pero el tema es bastante interesante. Ciertas prácticas brutales en la Europa “civilizada” de siglos atrás te quedan totalmente perplejo. Estaba al tanto de las mutilaciones o deformidades a las que se veían sometidos niños y niñas para luego usarlos en la mendicidad o como atracciones de circo, en nuestros días tampoco estamos demasiado lejos de ellas, pero desconocía que fueran tratadas como un “arte”, con sus manuales, especialistas y organizaciones secretas como los comprachicos o cheylas.

El protagonista, Gwynplaine, es uno de estos niños mutilados que continuamente “ríe” con un destino muy distinto al que le ofrece su día a día. Le acompañan en su aventura una chica ciega, Dea, un sabio hombre del mundo de la farándula, Ursus, y un gran lobo, Homo. Entre todos te llevan a vivir una historia tan apasionante como instructiva con final típico del romanticismo.

Definir a un niño pobre como: “Pícaro monaguillo descalzo de la parroquia de Sin-un-Céntimo”, referirse al amor diciendo: “El verdadero amor no puede entibiarse, es todo alma, una brasa se cubre de cenizas, pero no una estrella”, tratar la religión con frases como: “Dios ordena a los condenados que se callen, pues de lo contrario sería Dios el condenado a escuchar un clamor eterno”, hablar de la sociedad como una pandilla de ciegos: “Todos somos ciegos. El avaro es ciego: ve el oro y no ve la riqueza. El pródigo es ciego: ve el comienzo y no ve el fin. La coqueta es ciega: no ve sus arrugas. El sabio es ciego: no ve su ignorancia. El hombre honrado es ciego: no ve al bribón. El bribón es ciego: no ve a Dios. Dios es ciego: el día que creo el mundo no vio que el diablo se introducía en él. Yo soy ciego: hablo y no veo que estáis sordos” o tratar la naturaleza animal de tal manera que le lleve a pensar que “En ciertas situaciones extremas nada se parece a una inteligencia que comprende todo como el simple instinto de un animal que ama. El animal es un sonámbulo lúcido” son algunas de las reflexiones que más me han marcado del libro. Ahora entiendo por qué Víctor Hugo está en el olimpo de los grandes de la literatura, comprendo por qué los franceses están tan orgullosos de él, otra cosa es que lleven sus teorías a la práctica, y por qué es sumamente recomendable leer obras de autores como él. Así que… adelante, atreveos a conocer al hombre que ríe y su entorno.