martes, 5 de octubre de 2010

Texto Mandrílico Octubre

Este mes voy a empezar una nueva manera de ofreceros los textos mandrílicos, por entregas. Espero que no se os haga muy pesada la espera porque una de mis intenciones es crear un poco de intriga. Besos a tod@s.





LA CABAÑA DEL ACANTILADO

“Como un trozo de tela vieja que tiras y arrastrado por el viento queda prendido en la rama más alta de un árbol, como algo de lo que te quisiste deshacer y al pasar de nuevo por ese lugar te recuerda que aún sigue vivo. Tú deseas que se acabe deshilachando de una vez por todas, no puedes soportar verlo más cada día en tu camino. Para ti es todo lo oscuro y bestia a la vez, aquello que religiosamente es pecaminoso pero irresistiblemente tentador. En esa tela quedan las manchas y pruebas de todo lo que los demás llaman maligno y que no es si no todas las represiones y dobles caras de los demás mirándote directamente a los ojos.”

La expulsaron de la colonia y no le quedó otro remedio que irse a vivir a la casucha vieja del acantilado que todos creían embrujada. Pensó que si ya la tomaban por bruja y mujer de bajas artes tampoco debería estar tan mal entre los malditos. Casi nadie se acercaba por aquel lugar, sobre todo por tener que atravesar el bosque repleto de alimañas y por miedo a los espíritus que, seguramente, habitaban los alrededores de la casa. Así fue como llegó a la casa vieja del acantilado. Se dedicó a reconstruir aquellas cuatro paredes como mejor pudo. No fue tarea fácil, pero le sirvió de inestimable ayuda encontrar un viejo baúl de marinero lleno de ropajes y herramientas, también había una funda con un viejo violín en su interior. La ropa de hombre era mucho más cómoda para trabajar arrastrando troncos o cavando zanjas. Solo tenía que estar pendiente de que no fuera sorprendida por nadie, el llevar pantalones seguro que no se lo perdonarían en el pueblo.

Una tarde paseando por el bosque se topó con una zorra muerta atrapada en un cepo rodeada de tres cachorros. Dos de ellos ya estaban sin vida pero el tercero aún respiraba. Con sumo cuidado lo arropó con la camisa. Borró todas sus huellas para que el cazador pensara que no le habían robado su pieza y con todas las fuerzas que sus piernas le permitieron corrió hasta la cabaña. Estuvo pendiente de él durante cinco días y cinco noches sin salir nada más que a por leña para calentar el medio hogar que tenía y buscar algo de agua. Cuando por fin vio que el pequeño estaba fuera de peligro empezó a saltar y cantar como hacía años. Lo cogió en brazos, lo elevó al cielo y comenzó a bailar abrazada a él como si fuera el más guapo de sus pretendientes. Al principio estuvo tentada de bautizarle con Foxi pero ya era bastante con que pensasen eso de ella, entonces se decidió por Moxi, con eme de Marta, su nombre. Siempre lo tenía cerca mientras seguía con la reconstrucción de la casa embrujada. Y mientras uno crecía la otra hacía lo propio.

Para cuando llegó el invierno había conseguido al menos tapar la mayoría de las goteras del techo y los agujeros de las paredes. Tenía suficiente leña para la vieja chimenea, víveres tampoco le faltaban y compañía menos aún. Los meses de frío no le resultaron tan duros como esperaba. Tan pronto como vinieron se fueron y un buen día salieron a pasear por el bosque en busca de comida rodeados de sol y vida. Se había acostumbrado tanto a los pantalones del marinero que ya ni se acordaba del mal que le podían acarrear si la sorprendían. Moxi se había convertido en sus ojos y oídos y a la menor señal de peligro corría a la casa a cambiarse. Una tarde, con la primavera ya avanzada, se quedó mirando la casa y sin darse cuenta vio que todo lo que podía hacer por ella estaba acabado. De pronto volvió a saltar y bailar con el gran zorro chillando y brincando a su alrededor. Le levantó las patas delanteras y con una reverencia solicitó que le concediera aquel baile. El ladrido agudo del raposo sonó como la mayor de las afirmaciones. Una vez pasada la euforia la fresca brisa le devolvió a la realidad, dándose cuenta de que solo faltaba pintar su hogar. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, fue tan intenso que hasta el zorro dio un pequeño respingo a su lado. Para aquel menester tendría que bajar al pueblo, era la única posibilidad de conseguir pintura para aguantar mejor el próximo invierno. Pero aquello suponía muchas cosas, entre otras tener que ir vestida con aquel delator vestido rojo hasta los tobillos y con el gorro horroroso a juego. Tenia que vestir de ese color para ser vista a distancia en la espesura del bosque mientras se acercaba a la colonia. Eso le dijeron, pero de todos era sabido que aquel color para ellos era el del demonio y que ella, por tanto, era considerada como mujer de él.

Después de pensarlo casi una semana se convenció de que no había otra posibilidad más que enfundarse aquel atuendo y bajar a por la pintura. Pero cómo la pagaría y quién se la vendería, todos tenían prohibido hablar con ella, es más, si era posible no deberían ni mirarla. Además había una complicación añadida, qué haría con Moxi. Nunca lo había atado ni encerrado. El siempre iba y venía a su antojo. Su mente era como un pesado yunke al que golpeaban sin parar un problema tras otro. Decidió que lo mejor sería esperar unas semanas. Durante este periodo fue dejando cada vez por más tiempo solo al animal en casa mientras ella salía a recoger los víveres y alimentos que el bosque y el mar le ofrecían. Al principio fue muy duro para ambos, sobre cuando los aullidos del raposo estallaban en su cabeza cada vez que salía de la casa. Como recompensa siempre le daba un buen trozo de carne o pescado al volver. Así poco a poco, fue tardando cada vez más en regresar hasta que una mañana sacó del viejo baúl del marinero el odiado traje con su repelente gorro. Se vistió lentamente mientras los ojos del zorro la observaban, se abrochó las botas viejas que le habían dado y se ató el gorro al cuello mientras una lágrima le recorría la mejilla. Salió de la casa avanzando pausadamente por el peso de la mochila cargada de pieles mientras Moxi parecía aullar más que nunca.

Se adentró poco a poco en el bosque mientras los ladridos del zorro se perdían a su espalda. Llegó hasta la vieja vereda que desemboca en la entrada norte del pueblo y sin más comenzó a caminar erguida como un viejo ciprés. Al irse acercando la gente dejaban lo que tuvieran entre manos quedándose boquiabiertos por su osadía. Todos la creían huída o lo que es peor muerta después del invierno. Pero no, allí estaba como la hija del diablo que para muchos era. Al entrar en la aldea todo enmudeció, todo pareció quedarse inmóvil por momentos, todo excepto los críos y los perros que seguían unos jugando y los otros ladrándola. Pronto las madres llamaron a voces a sus retoños que corrieron como pollos a meterse debajo de las alas de sus respectivas gallinas. Al final de la calle principal la esperaba el reverendo y el alcalde por ser ellos los únicos autorizados para hablarla. Cuando llegó a su altura se frenó y los miró directamente a los ojos. Esto incomodó a ambos, pero, sin esperar, el religioso le preguntó por sus intenciones y le recriminó su osadía. Ella le respondió sin temor, ya no sentía miedo de ellos, tal vez asco pero no miedo. El alcalde se quedó totalmente sorprendido cuando les explicó la razón de su visita. El era el dueño de la tienda del pueblo y, por supuesto, no le iba a vender nada y menos para la casa embrujada. Con un seco y alto ¡márchate! el reverendo la echó sin más contemplaciones. Ella se dio media vuelta cargando con su mochila y se dirigió lentamente a las afueras de aquel lugar. Cuando estaba lo suficientemente lejos se sentó en un viejo tronco caído, se desató el sombrero y comenzó a llorar. Estuvo tanto tiempo llorando que se olvidó de lo tarde que era y de que Moxi aún estaba encerrado en la vieja cabaña.

Al reemprender el camino de vuelta vio una fogata a corta distancia del bosque. Decidió acercarse pues de poco le servían todas aquellas pieles y tal vez alguien estaría interesado en cambiarlas por algo de comida o mejor aún, alcohol. Necesitaba un trago urgentemente. Llegando a la altura de la hoguera de debajo de un viejo carromato un impresionante perro se puso a menos de dos metros de ella gruñéndola y enseñándole los dientes. La advertencia era clara, si seguía avanzando acabaría probando aquella fabulosa mandíbula. De pronto un hombre de mediana edad salió de detrás del perro apuntándola con una escopeta. Le pregunto agresivamente qué quería varias veces hasta que comprendió que la mujer era incapaz de hablar con el can en ese estado. Ordenó al animal que se fuera donde estaba y con un tono un poco más suave pero sin dejar de apuntar volvió a repetir la pregunta. Ella le dijo que solo pretendía vender unas cuantas pieles o mejor cambiarlas por whisky y comida. El hombre empezó a entender la situación. La invitó a acercarse a la hoguera para calentarse y negociar. Al verla a la luz del fuego se sorprendió de su atuendo, pero rápidamente entendió de qué clase de mujer se trataba. De dentro del carromato salió una mujer joven vigilada por las cabezas de tres niños, mientras se oía llorar a otro sin parar. Ella les contó quien era y porqué estaba allí. Ellos resultaron ser una familia de jornaleros que iban de paso al norte en busca de trabajo en el tabaco. El llanto del bebé no cesaba mientras la madre iba y venía a la carroza. Le dijeron que tenían algo de pintura pero que no sabían si iba a ser suficiente para lo que tenia pensado pintar. Ella aceptó el trato. Mejor era menos que nada, ya la administraría como pudiera. Al acercarse al carromato y destapar la lona se dio cuenta de que el que chillaba no era un bebé sino dos. No paraban de gritar mientras sus tres escuálidos hermanos les limpiaban la cara. La madre dijo que estaban enfermos, que tenían unas fiebres muy altas y que no sabía si sobrevivirían a los próximos días. Entonces la finalidad del trato cambió de repente de la cabeza de Marta. Le preguntó que qué harían con ellos y la respuesta de la madre fue que los enterrarían una vez muertos, además no podrían mantenerlos por mucho tiempo si no conseguían trabajo pronto. Ya tenían suficiente con tres bocas y ahora se habían encontrado con dos más de repente. Ella se giró, miró directamente al padre y le dijo si vacilar que ya no quería la pintura ni el alcohol. Le cambiaría toda su mochila de pieles por los dos gemelos moribundos. El padre se quedo estupefacto pero viendo como su esposa asentía con la cabeza insistentemente a espaldas de la mujer aceptó sin hacer notar que un nudo le hacía pedazos el estómago.

Con los dos gemelos metidos en la mochila y la noche iluminando el bosque corrió sin parar hasta la vieja cabaña del acantilado. Mientras se acercaba los gritos de los niños se mezclaban con los aullidos de Moxi. Quitó la madera que hacía de anclaje por fuera para impedir que el zorro saliera y entró a la carrera en la casa sin siquiera saludarlo. Encendió el fuego tan rápido como pudo y puso agua a calentar. Su peludo amigo la seguía sin parar a todos lados esperando su trozo de carne o pescado. Pero cuando abrió la mochila y sacó lo que había dentro comprendió que aquello no era comida. Ella lavó con sumo cuidado a lo bebés mientras el raposo no paraba de corretear. Una vez secos los tendió encima de la mesa y les dio la misma papilla con que salvó a Moxi cuando lo encontró en el bosque. Cuando hubieron comido se durmieron plácidamente, entonces puso una manta en el suelo cerca de la chimenea y los dejó cuidadosamente sobre ella mientras los arropaba con una pequeñas piles de conejo. Luego se sentó, Moxi se echó a sus pies y ambos pasaron la noche en vela contemplándolos.