jueves, 1 de julio de 2010

Texto Mandrílico Julio

Desde que mi prima Angelita se puso novia con el imbécil del Marcelo no hay quien le aguante. Pero eso no es lo peor, además de tenerme que tragar con pelos y señales cada cosa que hacen cuando se ven, ahora dice que se van a casar. Esto es el colmo, aunque no se por qué me extraño tanto si se veía venir. Pero es que tan solo llevan un año, seguro que serán la comidilla del pueblo. Bueno, no es que en su noviazgo no lo hayan sido, así que tampoco les importará mucho. Lo malo es que me ha pedido que sea su madrina y creo que me debería importar algo… no sé. Esta muchacha me mete en unos berenjenales que no veas.

Hemos estado recorriendo todas las tiendas de novias de todos pueblos de los alrededores. Si antes de esto de la boda me mareaba con todo lo suyo ahora voy a acabar de perder la cabeza con tanta indecisión. Yo tampoco quiero opinar mucho pero es que no para de hacerme preguntas sobre cuál es el más bonito o el más elegante o el más lo que sea. Al final ha escogido el que le ha dado la gana así que no sé para qué tanto interrogatorio.

Menos mal que sólo han tardado una semana en traer el vestido. Ha sido traerlo y, como ha hecho un día de estos primaverales de finales de mayo que se parecen bastante al inminente verano, se ha empeñado en que sacáramos el espejo viejo de la habitación de su madre al patio para verse con la luz del sol. Claro, como es el centro de atención de la casa con el tema de la boda y eso pues allá que nos ha hecho cargar con todos los bártulos a su madre y a mí. La única condición que le hemos puesto es que hasta que no estuviese vestida del todo no se podía mirar al espejo. Con un poco de refunfuño ha accedido y se ha dejado vestir con tranquilidad para acabar cuanto antes. Reconozco que la he pinchado con más de un alfiler a propio intento, esa es mi pequeña venganza.

Una vez que la hemos acabado de vestir se ha plantado delante del espejo. Estaba muy guapa, ella ya lo es de por sí pero es que ese vestido a las mujeres nos realza la belleza o nos hunde en la miseria. Se ha mirado desde todos los ángulos posibles haciendo tantas preguntas que su madre, cansada ya, nos ha dejado a solas con la excusa de tener que fregar los platos. Yo sé que la emoción la ha superado. Que si me tenéis que coger un poco de aquí, que si el escote un poco más grande, que si la espalda más al aire, que si el velo no tan tupido, que si, que si y requete que si… Al final he ido accediendo a cada una de sus peticiones como buena madrina y una vez acabada con todas se ha vuelto a mirar. En esos momentos parecía la princesa de un cuento, qué digo, la princesa de todos los cuentos. Yo también me he emocionado. Ella ha quedado encantada cuando se ha visto con el vestido puesto. Ha dicho que no se lo volverá a probar hasta la boda porque así estaría ilusionada todo el tiempo que tiene que esperar hasta esa fecha.

Por fin ha llegado el gran día. Ha acabado siendo uno de los más raros de mi vida. Primero vino la peluquera, que a parte del peinado, también se ha encargado de hacerla la manicura y maquillarla. Lo peor ha sido cuando hemos empezado a vestirla. Hemos cometido el terrible error de dejar el espejo dentro de la habitación con lo cual ha podido ir mirándose mientras lo hacíamos. Si puso mil pegas a la hora de elegir el vestido y otras tantas la tarde que se lo probó, hoy ha sido para acabar de enloquecernos a todas. No le gustaba cómo había quedado el escote porque iban hablar de él todo el pueblo, a buenas horas pensaba yo, la espalda mucho más al aire porque tenía mucho calor, claro si te recoges la delantera te tendrás que abrir la trasera, le ha dado millones de vuelta para ponerse o no el velo, si a estas alturas todos le han visto bien la cara, y para colmo salta y dice que, de tenerlo guardado, el vestido ha perdido el blanco puro del principio y que ahora le resultaba más nácar. Los retoques de costura se los hemos ido arreglando como hemos podido pero lo del color ha sido imposible quitárselo de la cabeza hasta que su madre, ya un poca subida de tono, le ha dicho cuatro palabras bien dichas y le ha dado a elegir entre no llevar velo y pensar que el vestido estaba descolorido o ponérselo y no mirarlo sin más. Al final por pura cabezonería se ha puesto el velo no sin antes recordar por millonésima vez que el vestido tenía otro color.

Salió con la cabeza alta, se metió en el coche de su hermano que la llevó hasta la iglesia donde la esperaba el imbécil de Marcelo, la cogió del brazo y la llevó al altar. En ningún momento la vi mirando a otro lado que no fuese al frente, tan obsesionada como iba con que su vestido había cambiado de tonalidad. En el banquete estaba alegre pero un poco compungida a veces. Cuando acabó todo me despedí de ella diciéndole que había sido la novia más guapa del pueblo en muchos años. Aún así me respondió que aquel no era el mismo vestido dentro que fuera de casa y que eso no era una buena señal. Cuando vimos las fotos nos pudimos dar cuenta de que ella tenía razón y que en las que estaban hechas justo antes de salir de la casa de sus padres y en el banquete el vestido parecía un poco más apagado mientras que en las de la puerta de la iglesia y en las de los dos solos en el mirador del castillo relucía con la blancura de una estrella.

Para pesar mío mi prima estaba en lo cierto, después de pasarse casi once años dentro de su casa, sin no ir más lejos que a la romería del pueblo, su luz se ha ido apagando poco a poco. Si no fuera por la niña que tiene estaría a oscuras del todo. Pero mira tú por donde se ha cansado de todo y hoy se ha puesto un traje nuevo para salir a la plaza. Su marido ha dicho que así él no salía con ella. Ha cogido a su niña de la mano, le ha mirado fijamente a los ojos y le ha dicho que ni puñetera falta hacía porque esa era la primera vez que saldría sin él en muchos años. Creo que es el principio del fin de su descolorido y maltrecho matrimonio. Sé que ha sido así porque siempre me lo cuenta todo. Yo le he alabado el gusto y, de paso, le he recordado por enésima vez que Macelo es lo que es… un imbécil.