martes, 2 de febrero de 2010

Texto Mandrílico Febrero

El viejo roble se entristeció cuando se enteró de la causa de la muerte de su viejo amigo el olmo. No podía creer las palabras que llegaban a sus ramas salidas del pico de la chismosa urraca. Pensó que todo aquello no era más que uno de los muchos chismorreos que corrían por el bosque. Aunque te niegues a creerme, le dijo la blanquinegra, esta vez te estoy contando una verdad como el prado de grande. A tu querido amigo le han quemado entero los humanos por viejo e inservible, según les oí decir. Por más que intentaba creerlo más se enfadaba con el pajarraco. Vete y déjame solo de una vez, dijo con bravura.

Se quedó pensativo mientras a su alrededor empezaban a revolotear otras aún más cotilla. Las golondrinas empezaron a gritar: han quemado al olmo, han quemado al olmo, así hasta enfurecer al viejo árbol. Este gritó con todas sus fuerzas un terrible ¡fuera, fuera! Mientras el bando de migratorias le decía que había sido por inútil y anciano y que pronto vendrían por él. El viejo roble les dijo de todo menos bonitas mientras estas le increpaban sabedoras de que nunca les haría daño pues no eran ellas de la que se servían de sus ramas como posaderas. Volvió a pensar en las palabras de las viejas golondrinas y un escalofrío le heló hasta la última gota de savia. El pensaba morir de viejo, es más pensaba ser cobijo para otros muchos animales y plantas incluso muerto, como lo habían hecho su antepasados desde millones de raíces atrás.

Aquella sensación se calmó cuando por su tronco comenzó a subir la vieja serpiente que vivía en el agujero que tenía casi al final de su copa. ¿Te has enterado de lo de tu viejo amigo el olmo? Preguntó con su voz embaucadora. El contestó que algo le habían contado las morbosas del bosque. Le dijo que le parecía increíble lo que le había ocurrido a su amigo del alma. Le dijo que estaba sumamente deprimido y muerto de miedo porque no quería acabar como él. Pensaba que lo mejor era estar solo durante un tiempo. Le dijo que si se quería quedar con él, por favor, estuviera en silencio. Ella le contestó con el largo sssssi de los suyos y se metió en su agujero sin decir nada más.

A media tarde cuatro hombres se acercaron al viejo roble, cada uno con un enorme hacha en la mano. Las golondrinas que revoloteaban por los alrededores dieron la voz de alarma gritando sin parar ¡quieren matar al roble, quieren matar al roble! Mientras los hombres se iban acercando las ramas del viejo árbol se iban llenado de todo tipo de aves del bosque, desde el pequeño carbonero hasta el nocturno búho, que, sobresaltado por el bullicio, voló hasta allí para participar en aquella extraña reunión. Cuando los humanos llegaron a los pies del roble el silencio era sepulcral, cosa que les extrañó bastante. Se colocaron uno por cada lado del árbol y, al mismo tiempo, comenzaron a darle hachazos. Entonces las golondrinas dijeron ¡ahora! y empezaron a revolotear todas sin parar alrededor de ellos. La familia de urracas dijo ¡al ataque! y se abalanzaron sobre los hombres todas a una. Las palomas dijeron ¡preparadas, listas, ya! y todas a la vez cagaron encima de las cabezas de los leñadores. El pequeño carbonero y todos sus pequeños primos dijeron ¡gritad, gritad! y ensordecieron con sus cánticos a los que pretendían matar a su viejo amigo. El búho se dijo a sí mismo que algo debería hacer y con gran fuerza vomitó encima de sus caras la mayor egragópila de su vida. Tanto alboroto acabó por despertar a la serpiente que, sorprendida, al salir de su refugio no se lo pensó dos veces y saltó desde las alturas y al llegar al suelo mordió a uno de los hombres en un muslo. Aquello fue la gota que colmó el vaso de los portadores de hachas que salieron corriendo despavoridos perseguidos largo rato por una bandada de aves de distintos tamaños, formas y colores.

Todas volvieron a saludar con la mayor alegría del mundo al viejo roble. Pero cuando volvieron a posarse en sus ramas se dieron cuenta de que este había enmudecido. Las migratorias le preguntaron por la razón de su silencio. Las urracas le preguntaron si se sentía triste. La familia del pequeño carbonero le preguntó si quería estar solo. Las palomas le preguntaron si no le había gustado lo que habían hecho por él. El viejo búho le preguntó si podía quedarse a vivir allí por siempre. Entonces el roble con voz entrecortada les dio las gracias a todos, les dijo que podían quedarse todos a vivir cuanto tiempo quisieran, les dijo que no estaba triste sino herido de muerte por las hachas, les dijo que había sido el día más feliz de su larga y gloriosa vida, y, para terminar, les dijo que nunca más quería estar ni un minuto solo. Al mirar al suelo todos vieron el cuerpo de la serpiente partido en dos. A pesar de ser su terrible enemigo todos enmudecieron durante un momento. Un viento de tormenta comenzó a soplar. Todos se aferraron a las ramas con todas sus fuerzas. Algunas hojas del viejo roble se desprendieron y taparon el cuerpo inerte del reptil. Solo cuando este estuvo enterrado entero paró la ventisca.

El roble se fue marchitando con lentitud. Mientras él moría, sus ramas se iban llenando de vida, incluso cuando murió del todo rebosaba vida. A sus pies, justo encima de un alargado montículo de hojas, una de sus pequeñas bellotas hace tiempo que ha echado raíces y crece con fuerza mientras sirve de refugio a una serpiente imponente que cuida de sus huevos cada primavera.