miércoles, 18 de noviembre de 2015

Texto Mandrílico Noviembre 2015



Habían pasado más de cinco años desde que tu tío Alberto y yo tuvimos que saltar del tren mucho antes de llegar a la estación de Sants con la intención de que no nos agarrara la Guardia Civil y nos mandara de vuelta al pueblo. Al principio nos acogieron unos paisanos pero no tardamos mucho en salir de su pequeña chabola. Poco espacio para tanta gente, sobre todo después del nacimiento de su cuarto hijo. Deambulando de barrio en barrio, de puente en puente y de edificio derrumbado en fábrica abandonada, nuestros pies nos llevaron a la pensión de la que tú llamas hoy tía Rosa.

Fue allí donde entramos en contacto con los miembros de la banda del Corredor. Le llamaban así porque fue una gran promesa del atletismo hasta que en una desgraciada caída se lesionó y nadie quiso saber nunca nada más de él. Le dejaron tirado igual que a nosotros. Bueno, muchísimo más que a nosotros pues lo nuestro era algo endémico de nuestra región y a él le sacaron de la suya para hacerle una estrella de España. Puedo asegurarte que lo consiguieron pero no en la medida que pretendieron, qué va.

Empezamos dando el agua y al poco tiempo me enseñaron a conducir  para salir pitando con aquel maltrecho Seat 1500 producto de un asalto a la fábrica de telas de uno de los ricachones de la Barcelona más altiva. Yo fui quien enseñó, a su vez, a tu tío a conducir. De esta manera, yo acabé con el pasamontaña pegado a la cara y él con sus manos al volante. Los hermanos Cara Flor y Fiti. ¡Los dos efes, total ná!

Conocíamos, por la información de uno de los trabajadores al que habíamos amenazado con matar a su novia, que aquel día habían ingresado cerca de veinte millones en esa sede del Banco Hipotecario. A pesar de saber que aquel dinero estaba destinado a créditos para  que  los trabajadores pudieran comprar casas, no tuvimos muchos remordimientos a la hora del atraco. El Corredor ya nos tenía endurecida el alma a base de tortazos y palos.  Por aquel entonces llegué a preferir la pesadumbre al castigo. Todo salió a la perfección, poca vigilancia, rapidez y un buen botín. Lo malo es que quién nos iba a decir que aquella misma madrugada, justo quince minutos después de nuestro atraco, iba a morir el maldito Rasputín gallego. No nos dio tiempo ni de recorrer dos kilómetros cuando nos dieron el alto en el inmenso control que habían montado a la altura del mercado de San Antonio. Ni Fiti, ni Corredor, ni Cara Flor, ni ninguno de los demás pudimos evitarlo. Todos a la trena, no sin antes molernos a hostias y acabar con el cuerpo peor que el Cristo que tanto adoraban nuestros carceleros.

-          _ ¿Papá, le vas a contar esa historia a Luis hasta que tenga quince años como a mí, o accederás antes a decirle la verdad? ¡Joder, qué ya han pasado cuarenta años de aquello!

-      -   Los oídos son como las manos, se deben encallecer con el tiempo. Si le digo la verdad ahora puede que se acostumbre a escuchar horrores demasiado pronto.

-        -  Pero tú me dijiste que no había que olvidar y menos lo que os ocurrió a personas como al tío Alberto, a la tía Rosa y a ti. Si le engañas nunca creerá que lo que os sucedió fuera real.

-    - Si tú aún lo sigues creyendo y no lo has olvidado, ¿por qué lo iba a hacer él? En cuarenta años tuvo tiempo de hacer muchas barbaridades, no sólo a nosotros. Ya han pasado otros cuarenta y si tú lo mantienes todo en tu memoria quizá se lo cuentes antes que yo.

-        -  Abuelo, ¿y qué pasó cuando salisteis de la cárcel?

-       -  Eso otro día, Luís, otro día. Ahora coge tu chaqueta que esta mañana hace ya frío para salir al parque.

El niño, una vez abrigado, corrió hacia los brazos abiertos del viejo impaciente por salir a la calle.

-        - ¿Ya estás preparado, Luís?

-       -  Claro, abuelo. ¿Nos vamos ya?

-        -  Sí, vente, nene, vente.