martes, 17 de febrero de 2015

Texto Mandrílico Febrero 2015



Érase que se era, si es que hubo una vez que fue pues nadie está seguro de que así fuera, cuando sólo existían las letras sueltas, los colores y los números individuales, que ocurrió lo que dicen que ocurrió en esta historia.

Andaban de nuevo jugando los números entre ellos. Jugaban a ver quién podía ser más presumido y altanero. En este juego gana aquel cuyo rebaño fuera mayor y perdía el que menos números consiguiera mantener a su alrededor.

De comenzar se encargaba continuamente el dos con sus vanidosas palabras: “Yo soy la pareja por excelencia. Sin mí no hay amor ni odio ni pasión primigenia. Los pares son mis súbditos y de aquí al infinito me tendrán en un púlpito.”

Ante estas palabras era obligatorio escuchar al cuatro que entraba en acción parloteando: “Por todos es sabido que del dos soy su principal capataz. Sus órdenes hago acatar sin pestañear. Soy un mandatario rudo y tenaz. A todos los demás de miedo hago sus dientes castañear.”

No tardaba en replicar el tres con su característica sonrisa de maldad: “Grandes carcajadas me producen el dos y su asesor. Nunca piensan que soy el principio de los primos nones. A su misma altura estoy sin que por ello ahueque mis alerones. Poco me importan pues de la discordia soy profesor.”

Ante semejante argumento contestaba el cinco con su distintiva intención: “No sois más que un grupo de idiotas arrogantes. Qué sería de vosotros sin mí. Cómo haríais montones de dinero constante y sonante. Poco me importa vuestra hambre pues yo siempre puedo decir que comí.”

Esto irritaba de manera sublime al ocho: “Cómo podemos aguantar a este señoritingo. Ganas me entran de hacerme horizontal e infinito. De volverme rudo vikingo y de un puñetazo dejarle frito.”

Aquí es cuando entraba en escena el siete: “Para el carro curvilíneo insolente. No juegues con trampas y malabares gráficos. Pues el no ser primo te hace por de más doliente. Recuerda que mi misión no es otra que dar suerte y, si en demasía me enfado, cerrar picos.”

El seis, siempre pacificador, con sus palabras insistía: “Queridos números, esto no es más que un juego. Por qué siempre acabáis en pugna. Actitud que en el fondo a todos nos repugna. Mantened la calma antes de que alguno acabe ciego.”

Poco le importaba al nueve todo lo que escuchaba: “Seguís con vuestras chorradas. En el lugar más alto de esta lista me encuentro. Por mucho que lo intentéis nunca conquistaréis mis adentros. Es más, me da igual no ganar pues este juego siempre me ha parecido una pijada.”

Mientras, el uno y el cero permanecían arrinconados. Como otras veces, nadie se acordaba de ellos en estas disputas. Después todos se volvían hacia ellos para amedrentarlos con insultos y burlas del tipo: ¡No vales nada! o ¡Te quedarás solo hasta el final de los tiempos! Pero esta vez la cosa fue diferente. Ante las agresiones cero y uno, uno y cero se pusieron en pie y anunciaron su compromiso de matrimonio. Tal noticia a todos  dejó perplejo.

Todos y todas asistieron a la boda, los números individuales, las letras sueltas y el abanico de colores. Fueron el negro y el blanco los encargados de dirigir la ceremonia. Hubo caras de felicidad, como la del seis, el siete o el tres, otras de envidia, las del dos, cuatro, cinco y ocho, y otras de indiferencia, propia del nueve. Las letras sueltas hicieron poco más que bulto pues fueron invitadas, como bien sabido, por puro protocolo. Mientras los colores montaron gran jolgorio  e impacto visual.

Así fue como el negro y el blanco unieron al uno y al cero, al cero y al uno. El blanco no pudo evitar derramar una lágrima sobre el manto del negro, el negro no pudo evitar derramar una lágrima sobre el manto del blanco. Lágrimas que siguen imborrables. Una vez superada la emoción, los dos colores se dirigieron a los prometidos: “Puede que por separado no seáis mucho. Tal vez hayáis conocido la soledad como ninguno. Esta ceremonia todo eso lo cambia.” Dijo el negro. “De aquí en adelante seguiréis siendo únicos por separado y sublimes unidos. Tenéis el gran honor de crear el primer número doble. No sois otra cosa que una pareja diez.”

Así fue como el cero y el uno, el uno y el cero quedaron unidos por toda la eternidad. Cómo se colocaron por encima del nueve. Cómo dieron tal envidia a los demás números que todos quisieron unirse una o más veces con ellos, con los demás o entre ellos mismos para tener sus propios números múltiples. Así fue cómo realmente el cero y el uno, el uno y el cero se convirtieron, por primera y última vez, en los grandes ganadores del juego donde se demuestra qué número es el más presumido y altanero.