jueves, 8 de mayo de 2014

Texto Mandrílico Mayo 2014


En un sitio demasiado alejado del lugar más cercano… allí donde el espacio deja de ser infinito para acurrucarse debajo de un cometa, me dijeron que vivían un jazmín y un tucán. Tal vez, quizá, fueran un clavel y papagayo aunque también está la versión del colibrí y la margarita. Sea como fuere, lo que se entiende es que residían en aquel lugar, aquel que no tiene un solo nombre.

Cada mañana despertaban con el frescor del rocío. La flor dejaba que el sol evaporara las últimas gotas de éste mientras el pájaro extendía sus alas para secarlas lo antes posible. Acabado este ritual echaban a andar henchidos de belleza por los alrededores de tal o cual galaxia. Una vez se pavoneaban delante del ornitorrinco otras lo hacían en la cara de la higuera. Hacían de la humillación su altar y desde él miraban con desprecio a cualquier ser que se cruzara en su camino. Pasaban la tarde engullendo luz y granos, riéndose de las patas de la cigüeña o destornillándose de las ramas del zarzal. Así hasta que el ocaso hacía su aparición. De esta manera, ambos, una con sus hojas y el otro con su estómago, caían rendidos, hartos como perritos. Dormían a raíz y pluma suelta hasta que el rocío hacía su aparición despertándoles sin recordar nada de lo soñado. Después… vuelta a empezar.

Era tal su grandilocuencia, arrogancia y vanidad que desconocían su verdadera identidad nocturna. Una vez sus pétalos y ojos se cerraban ella pasaba a ser una magnolia y él un grandioso y oscuro murciélago. A ella le era imposible trasladarse, aferrada al suelo. Él volaba y volaba sin rumbo fijo para posarse boca abajo cuando estaba cansado. Los búhos y lechuzas le asustaban con sus gritos mientras los conejos amenazaban con roer el tallo de la engreída flor. Pasaban tanto miedo que acababan paralizados y rígidos, uno con la cabeza a ras del firme, otra con la corola fuertemente apretada, a punto de estallar. Eran foco de burlas de mosquitos y demás insectos, de gatos y lobos, todos reunidos a su alrededor pasándoselo en grande con aquellos dos infelices.

Así era como la creída flor y el presuntuoso volador despertaban, envueltos en un sudor frío que sólo el más bello y aterrador de los soles podía evaporar. El día era su tiempo de grandeza y desprecio para los demás, la noche el foco de tiritiñas y agravios. ¡Pobre papagayo, colibrí o tucán! ¡Qué desgraciada la margarita, el clavel o el jazmín! Pensaban que eran los más bellos del lugar sin un solo nombre siendo los más feos en plena oscuridad, cuando los demás relataban todos los apodos de tan mágico sitio.

Así fue cómo el jilguero y el cardo me lo contaron y debe ser cierto pues aquel, con sus ojitos vivarachos, presenciaba la escena todas las mañanas mientras que éste, con sus espinas, era el jefe de ceremonias cada noche.