jueves, 27 de febrero de 2014

Texto Mandrílico Febreo 2014



Viejas Verdades Sobre Mentiras Modernas


Entre las cosas buenas que tiene viajar, aunque suene manido, está el hecho de conocer gente. Personas que pueden acabar perdiéndose en tu memoria, otras de la que nunca recordarás su rostro pero sí alguna de las explicaciones que te darán acerca de algo o alguien y, por último, aquellas de las que, grabándose o no su rostro en tu cerebro para siempre, sus palabras y conversaciones quedan esculpidas en tu mente como Davides en la retina de quinientos años de ojos.

Se subió al tren procedente de Barcelona con destino a Lisboa en la ciudad de Zaragoza. Nada fuera de lo común excepto si pensamos qué hace un señor de una edad tan avanzada recorriendo un trayecto tan largo. A la segunda o tercera vez que nuestras miradas se cruzaron ya me sentí atraído por su rasgos, ni especiales ni del montón, sus manos, nada del otro mundo, y su cuerpo delgado pero con rastros de una fuerza pretérita. No sabría decir en qué punto del viaje la conversación pasó de las típicas preguntas acerca de la procedencia y gustos literarios a desahogarse relatando una de sus mayores experiencias.

Durante la Navidad de 1914 se encontraba sumido en el barro, los piojos, las ratas y la diarrea en una mugrienta trinchera, como la mayoría de los jóvenes galos de su edad. Alemanes, británicos y franceses llevaban ya seis meses matándose. Ese odio histórico que los habitantes del Rin sienten por los del Sena, y viceversas volvió como el calor del verano y llegó a su punto álgido con las nieves del invierno. A primera hora de la tarde del día de Nochebuena todo parecía un simple reto de canciones populares de ambos bandos. Se trataba de ver quién entonaba más alto sus himnos y cantinelas. Todo cambió en el momento en que dichas tonadas pasaron a tener la misma base musical pero letras en distintas lenguas. No puedo describir la magia que me inundó cuando me relataba que en el preciso instante que “Noche De Paz” se fusionó en el aire en idiomas distintos el olor nauseabundo de los cuerpos en descomposición mezclado con los restos de gases venenosos pasó a ser un aroma de lágrimas de concordia y humanidad. Puede que azuzado por la situación y con el aliño que el alcohol, si es barato más, da al atrevimiento salió cantando de su trinchera sin obedecer las órdenes vociferadas por su sargento. Esto impulsó a uno de los centinelas alemanes a entrar en su reto mientras que el encargado británico de la ametralladora comenzó a andar hacia ellos si desentonar ni una sola nota del famoso villancico. Le siguieron sus compañeros, al inglés los suyos mientras los teutones se iban arremolinando alrededor de su vigía. Fue la mejor unión de cuerpos  de su vida. Ni llegar al orgasmo con su ser querido, ni el mejor sabor de una comida casera después de años de penurias, ni el regreso a su lugar preferido de la infancia pudo jamás igualar lo que sintieron esos hombres, milenarios enemigos y humanos por ocho horas.

A la mañana siguiente cada ejército volvió a sus trincheras. Regresaron las bombas, las máscaras de gas y los insultos a menos de ochenta metros. Él consiguió sobrevivir, de los pocos, a los cuatro años de conflicto. Su hijo vivió en sus carnes el horror de la guerra veinte años después, no sin pagar el peaje de su brazo derecho, mientras que al mayor de sus nietos se lo tragó la jungla vietnamita durante la ocupación francesa del país asiático.


Cuando me quise dar cuenta el largo trayecto había terminado. Ambos recogimos despacio nuestros equipajes y, en silencio, nos dispusimos a apearnos en la estación de la capital lusa. A mi me esperaba mi amiga Francisca, razón de mi vista, a él otro hombre no menos anciano. Le extendí la mano en señal de adiós, él la cogió y con ímpetu poco propio de su edad tiró de mí para acabar abrazándome y susurrarme al oído: “El ser humano podrá pensar que ha evolucionado por crear grandes máquinas y edificios que renuevan su día a día pero lleva años, siglos, milenios, que no ha aprendido nada acerca de cómo dejar de matar y hacer morir a sus congéneres”. Sólo pude contestarle: “Hasta siempre, anciano”.