martes, 12 de noviembre de 2013

Texto Mandrílico Noviembre 2013

Érase que se era una vez que tal vez tampoco fuera que fuese alguien que hizo de la duda su bandera. Puede que esto os lo hayan contado de otras mil formas pero os puedo asegurar que sé de quien hablo pues compartimos los muchos y largos caminos que van desde la inocencia infantil al viejo escepticismo o desde la iracunda fe al escalofriante terror.

No se puede decir que fuese alguien desobediente pues no siempre ejercía ese don. Todo dependía de lo que su eterna puesta en entredicho le susurrara al oído en esos instantes. Así pues cuando su madre sugirió ir a visitar a la madre de esta sintió una profunda pena. Su progenitora seguía teniendo la herida de la pierna demasiado fea como para embarcarse en una travesía tan cuesta arriba. Pero claro, tendría que cubrir ese sentimiento con algo que no dejara ver que cedía por un simple encogimiento de corazón. De este modo convenció a mamá de que necesitaba más hierbas de esas que nacen en la cuneta del camino para la cataplasma que curaban su lesión.

Se enfundó en su traje preferido y con  una cesta cargada de comida y enseres en la mano derecha y su palo de la suerte en la izquierda emprendió el alto camino en pos de visitar a su antecesora. A pesar de conocer bastante bien la ruta solía hacer pequeños cambios para no aburrirse durante el trayecto. Una vez recorridas unas dos millas se encontró de frente con el pesado de su primo que andaba recogiendo ramas y troncos para cargarlos en la mula vieja y maltratada que le acompañaba. No le hizo demasiado caso, ya que sus intenciones eran siempre las mismas, mucho lisonjeo y presunción para tan poca personita. A pesar de ello entró en el juego de sus propuestas para dar rienda suelta a la mejor sus aficiones. Algunas aceptó mintiendo y otras, como la de verse a la vuelta en el arroyo para disfrutar de un baño, no encontraron respuesta.

Siguió subiendo y subiendo hasta alcanzar “El Cruce Del Buitre”. Lo llamaban así porque en él siempre estaba apostado uno de los malhechores más famosos de la comarca al cual había que contestar una serie de preguntas antes de elegir el sendero a continuar. Como cada cuestión obtenía una explicación contradictoria con la anterior el malvado ser acabó cansado dando paso sin demasiados contratiempos. Pero si por algo se caracterizaba este vil espécimen era por su astucia. Una vez quedó fuera del alcance de su vista cesta, palo y todo lo demás se convenció de que las respuestas que había recibido tenían que tener un hilo conductor consiguiendo, después de media hora larga, comprender que la dirección que intentaba descubrir no era otra que la casa de madera de la señora mayor que alguna que otra vez le había ofrecido su calor y comida. Pero él no era tan generoso como aquella vieja estúpida y, sabiendo de los manjares que escondía aquella cesta, entramó un plan para hacerse con ella. Tomó un atajo y llegó mucho antes a la cabaña. Aprovechando la confianza de la anciana consiguió reducirla y amordazarla, encerrándola después en un gran baúl.

Cuando mi fiel acompañante llegó a la casa de su abuela se encontró con la puerta entreabierta, cosa que le extrañó sumamente. Sabía de los males que padecía la anciana por lo que no le extrañó encontrarla en la cama. Dudaba entre ir a la cabecera y despertarla o dejar la cesta y marcharse sin más. En esto que escuchó una voz poco familiar que le sugería que se acercara. Mientras se aproximaba las palabras le resultaban cada vez más bruscas y hostiles y fue su sentimiento de duda el que hizo que arrojara la cesta encima de la cama esparciendo todo su contenido. Corrió y corrió desesperadamente a tal velocidad que espantó a la mula de su primo quedándole en paños menores dentro del arroyo. Llegó a casa. Cerró la puerta y no pudo mediar palabra en un buen rato.

Fuera como fuera eso fue su salvación, su duda. Lo que pasó con el malvado y la abuela a la vez que con el primo y la mula es otro cantar que ya os relataré la próxima vez que os vea.

Moraleja: “A quien duda algún que otro Dios le ayuda”