sábado, 2 de febrero de 2013

Febrero: Texto Mandrílico


Como era de esperar, Ángel cerró la puerta de su casa para pasar aquella noche de invierno compartiendo unas horas con sus seres más cercanos. No es que fuera de esos a los que le gustan este tipo de reuniones solo que poder tener algo así, al menos una vez al año, nunca venía mal. Creía que era un buen momento para ponerse al día sobre cómo seguían las relaciones en el seno de su familia. Sin duda lo que más admiraba de esos momentos era el protocolo que se ejercía. Si bien durante cualquier otra época anual cada uno podía sentarse y compartir hombro con el primero que llegara, en el trascurso de esta cena era condición innegociable el ceder u ocupar un lugar distinto al que se te había designado desde, se puede decir, tu propio nacimiento.

Estos eran los pensamientos que le acompañaban mientras recorría el trayecto de su casa a la de su tío. Casi sin darse cuenta se dio de bruces  al doblar la esquina de la calle donde residía su pariente con Pamela, su hermana dos años menor que él. Dos besos y unas sonrisas hicieron de saludo. Se cogieron del brazo y comenzaron a caminar juntos interrogándose de manera íntima y, a veces, poco discreta. Una vez delante de la puerta de la casa del hermano de su padre ambos se pusieron a discutir sobre quién llamaba al timbre. Aquello  no era otra cosa que un viejo juego de infancia con el  que acababan aporreando la puerta sin necesidad de campana alguna.

La cena fue bastante concurrida pues acudieron familiares que otros años no solían aparecer. Entre los viejos y nuevos miembros la familia se consiguió reunir a mas de dos decenas de personas. Era evidente que no todo se ceñía a la paz y a la armonía pues, como en todos los clanes, antiguos roces, acciones no agraciadas y actos no aprobados por parte de unos hacia otros no se olvidan con facilidad. Sin embargo el protocolo no sólo se cernía a unos simples asientos. No hubo sobresaltos mientras se deleitaban con los distintos manjares cocinados por expertas manos,  cuyas recetas se perderán por siempre cuando dichas manos pasen a mejor vida. Todo cambió cuando el alcohol ingerido durante la comida empezó a hacer efecto en alguno de los comensales. Para cuando se recogió la mesa ya se habían escuchado más de un reproche y reprimenda seguida de su inseparable respuesta defensa.

Ángel se encontraba jugueteando con sus sobrinos más pequeños cuando escuchó una voz que se alzaba pidiendo cerrar el pico a aquellos que mantenían las espadas en alto. Muchos hicieron caso a la advertencia de su madre mas su primo mayor y la hermana de este hicieron oídos sordos mientras seguían echándose en cara lo vividora que podía llegar a ser una y lo hipócrita que, en realidad, era el otro. La cosa pasó a más y lo que, en principio, fueron unas simples acusaciones terminaron en insultos y expresiones fuera de lugar que acabaron por dar paso a la despedida prematura de muchos de los asistentes.

En una de estas Ángel se escabulló como pudo y se largó sin decir a penas adiós. Volvía un poco enfurecido por el comportamiento de sus primos cuando unos brazos se aferraron a su cuello mientras dejaban caer todo el cuerpo sobre su espalda. Consiguió zafarse con un movimiento rápido de cadera para, seguidamente, ser él quien se aferraba al cuerpo de su agresor, agresora en este caso. Pamela le había seguido con astucia y una vez que le vio alejarse lo suficiente supo que era el momento de atacar, a sabiendas de que su batalla estaba perdida. Su intención no era otra que convencer a su hermano mayor de que, después de lo vivido horas antes, llegaba el momento de pasar el resto de la jornada nocturna juntos. Le costó lo suyo sacarle la idea de la cama a Ángel pero una vez conseguido acabaron pasando una de las mejores veladas de sus vidas. Sobre  lo que hablaron y se dijeron, de aquello que les unía y desunía, de lo que opinaban de este y aquella  o de los lugares que querían visitar o ya conocían se podría escribir no un libro sino cientos. La vuelta les cogió con la mañana ya avanzada surgiendo así una última invitación a desayunar  previa a la despedida.

Al atravesar la plaza del pueblo ambos se abrazaron para dedicarse al oído un susurrante “hasta luego”. Ángel volvía a casa igual que había salido, solo, pero con la sensación de que no fue  la cena sino más bien las horas que había pasado con Pamela lo que le llevaba a pensar que la Navidad es algo para pasar en familia y estar bien.