miércoles, 3 de noviembre de 2010

Texto Mandrílico Noviembre

Aquí tenéis la segunda enntrega de este fabuloso relato sobre una vieja casa situada en un acantalidao y los personajes que la habitan. Espero que la sigáis disfrutando.






LOS DOS GEMELOS

El verano se les echó encima sin apenas enterarse. Desde que los gemelos estaban en casa la vida les había cambiado por completo. Ella fabricó una pequeña cuna con el hueco de un tronco con suficiente espacio para los dos y con vista a que crecerían rápido. Por la noche la colocaba al lado del fuego si hacia frío y durante el día al lado de la ventana para que la brisa del mar les refrescara. Siempre estaba atenta a todos sus gestos y gritos. Moxi creyó tanto que eran su propia prole que incluso gruñía cuando Marta se los apartaba a la hora de lavarlos y darlos de comer. Era tanta la fijación que tenía el raposo con los bebés que no tuvo más remedio que fabricar un pequeño carrito para que tirase de él. Colocaba a uno en el carro mientras ella llevaba al otro colgado a la espalda, así salían a pasear y buscar los productos que el bosque y el mar les ofrecía.

Los años pasaron sin apenas contratiempos aislados completamente del mundo. Cuando se quisieron dar cuenta los críos le llegaban a la cintura a ella y corrían tanto que al zorro ya le era imposible a veces atraparlos. Se convirtieron en dos niños fuertes y sanos que crecían como los árboles del bosque. Una noche de otoño los cuatro estaban sentados frente a la chimenea y uno de ellos dejo de jugar con el raposo y miró fijamente a Marta preguntándole por su familia y procedencia. De pronto un silencio se apoderó de la cabaña. El otro gemelo se acercó rápidamente a ella esperando con ansiedad su respuesta, incluso el zorro parecía interesado en lo que les dijera.

Marta contestó diciéndoles que sus nombres eran Poseidón y Neptuno porque en el fondo era el mismo nombre, ya que hasta en eso eran gemelos. Así era como los griegos y romanos llamaban al gran dios del mar. Les contó que una vez hace como seis años atrás se desató una terrible tormenta de verano en el acantilado. Fue tan fuerte que pensaba que la cabaña iba a salir volando. Toda la casa empezó a temblar y crujir como si fuera a explotar en cualquier momento. Los cristales de las ventanas estallaron en mil pedazos. El viento abría y cerraba las contraventanas con tanta furia que las cosas de dentro empezaron a moverse como si estuvieran en un barco. Tuve que atar a Moxi a la viga central de la casa para impedir que se dañara chocando con las paredes. Luego yo misma me amarré a la viga para impedir salir volando. Todo se hizo mil pedazos durante la noche entera que duró la tormenta.

A la mañana siguiente, una vez desatados, salimos fuera de la cabaña y contemplamos con terror cómo el ciclón había arrancado árboles del bosque de raíz. Todo era desolación y destrucción. La casa estaba para empezar a reconstruirla de nuevo. El tejado estaba bastante dañado, las ventanas y puerta rotas, y la fuerza de la lluvia se había llevado el color blanco de la pintura. No había más remedio que ponerse manos a la obra aquel mismo día para arreglarlo todo cuanto antes, ya que si volvía otra tormenta, por muy floja que fuera, la casa acabaría por venirse abajo. Comencé sacando todas las cosas rotas, barrí todos los cristales y desperfectos. Solo se salvó la mesa central dura como el roble del que esta hecha y el viejo baúl de donde vosotros sacáis los disfraces y el violín para jugar de vez en cuando.

Los tres espectadores seguían en silencio el relato de Marta sin apenas pestañear. Ella continúo diciendo que a media tarde cuando ya casi todo estaba en orden, dentro del desorden causado por el temporal, Moxi empezó a ladrar sin parar mirando a la playa que hay bajando el acantilado. Por más que intentaba tranquilizarlo más se alteraba él. Al final me convenció para bajar, no sin dificultad debido a la cantidad de troncos y rocas que el mar había arrastrado hasta la orilla. Cuando conseguimos llegar abajo el zorro se puso furioso realmente, enseñando los dientes y mirando hacia el mar con los pelos del lomo erizados. Yo seguía sin conseguir tranquilizarlo. De pronto del fondo del mar aparecieron tres sirenas que se acercaron con calma hacia nosotros. Cuando casi estaban en tierra miraron fijamente al animal que de un salto se escondió detrás mía mientras yo me quedaba tan de piedra como el gran acantilado. Con un sonido mezcla de canto y voz me dijeron que eran unas embajadoras del mar, que la tormenta había sido su manera de presentarse ante mi. Me sorprendió mucho aquello, yo no pensaba que pudiera causar interés a las sirenas pero guardé mis pensamientos y seguí escuchando. Ellas me ordenaron que buscara por toda la playa hasta encontrar algo que realmente cambiaría mi vida pues me sacaría de la pobreza, desolación y soledad en la que vivía en aquel páramo. Y sin más se adentraron en el mar mientras la última le dedicó una sonrisa a Moxi como despedida.

Una vez hubieron desaparecido el aquí presente y compañero inseparable vuestro se puso a buscar como un loco por la playa. Lo olisqueaba todo. Escarbaba aquí y allí, mientras yo removía toda la cantidad de escombros que encontrábamos a nuestro paso. Pasó toda la tarde sin encontrar rastro de nada especial. Yo me encontraba exhausta, después de una noche de vendaval y una mañana de limpieza no esperaba tener que buscar por la playa algo que cambiara mi destino para siempre. Casi sin fuerzas me tumbé en la arena mientras los ojos se me cerraron sin poder impedirlo. No sé cuanto tiempo me quedé dormida, cuando desperté la noche había caído de nuevo. Miré a mi alrededor y no vi a Moxi por la playa. Eso me desesperó, el corazón me dio un brinco en el pecho causándome un dolor indescriptible. El mensaje de las sirenas desapareció de mi mente por completo, gritaba su nombre sin parar, perdí la noción del tiempo mientras un mar de lágrimas inundaba mi cara. Cuando ya me daba por vencida desde el límite del bosque con la playa empecé a escuchar un tenue aullido. Corrí con las pocas fuerzas que aun tenia hacía el lugar de donde procedía el sonido y al llegar allí me lo encontré acurrucado al lado un zarzal. Lo abracé fuertemente, cuando lo solté se puso a ladrar mirando al interior de las zarzas. Como pude conseguí apartar aquel terrible manojo de espinas y cual fue mi sorpresa que en el fondo había dos niños desnudos. Ambos eran idénticos, me quedé tan impresionada que tardé en reaccionar. Los cogí como pude y los saque entre el cuerpo y la camisa del medio de aquel espinoso mar. Una vez fuera los coloqué en la arena de la playa para asegurarme de que no tenían ningún daño. Cuando comprobé que estaban bien me los metí de nuevo entre el cuerpo y la vieja prenda y empecé a caminar hacia la vieja y destruida cabaña. A los pocos pasos me volví y me di cuenta de que Moxi seguía fijo en el zarzal. Por más que lo llamaba él no me hacia caso con lo cual tuve que volver de nuevo a su lado, intenté arrastrarlo por la cola pero nada, lo cogí de la piel del cuello y tampoco, hasta que comprendí que quería que volviese a entrar. Como puede me adentré otra vez entre las zarzas y sin querer me percaté que un poco más atrás de donde os encontré había una vieja funda de violín, cuando la abrí ante mis ojos apareció aquel maravilloso instrumento, limpio y reluciente como el agua cristalina. Yo volví a casa cargada con vosotros dos mientras Moxi arrastraba como podía la funda. Así fue como llegasteis a mi vida, después de una terrible tormenta de verano y con una casa llena de cristales rotos. Pero desde luego me sacasteis de la más profunda de las miserias que era mi propia soledad.

Después de acabar el relato la mujer obligó a los niños a irse a la cama no sin escuchar la negativa de estos por lo que les tuvo que prometer que al día siguiente darían un paseo por la playa para decirles exactamente dónde ocurrieron tan singulares hechos. El zorro, al contrario que las demás noches desde que aparecieran los gemelos en la cabaña no durmió con ellos, lo hizo a los pies del jergón de ella. Antes de quedarse dormidos se miraron fijamente y con un guiño Marta le dijo hasta mañana mientras el soltó un soplido de complacencia. Aquella noche la casa quedó en el más absoluto silencio, ni el mar ni el bosque parecían hablar, tan solo el sonido lejano de la lechuza conversaba con el viento.