lunes, 7 de junio de 2010

Texto Mandrílico Junio

Era la última mañana que Manuel rezaba delante de la tumba de su querida hija. Dentro de unas horas la trasladarían de sitio en el cementerio. Ya se sabe, los pobres pueden aguantar poco tiempo en sitios privilegiados. Y el camposanto no es una excepción cuando no hay plata, ni oro ni metal para codearte con los muertos de cierto status.

Llegaron los sepultureros cuando aún el padre no había acabado sus rezos. Con un simple saludo se pusieron a desenterrar el cuerpo de la pequeña Azucena mientras el progenitor insistía en que tuvieran la mayor delicadeza. Pero es imposible que pico y pala tengan esa clase de sentimientos. Cavaron rítmicamente hasta que el choque del hierro con la delgada madera del ataúd dio la señal de parar. Quitaron los restos que cubrían la caja, la izaron y la abrieron. Azucena estaba impoluta para llanto del que la vio morir en su cama, sorpresa de uno de lo enterradores y tembloroso pánico del otro.

Como un destello de luz fue comunicada la situación al párroco de la aldea. Durante el trayecto era un mar de dudas con oleaje de avaricia. “Si es verdad vendrá mucha gente a adorar a la santa niña, si no lo es, condenaré al Averno por varias generaciones al mensajero y a toda su estirpe.”

Que el cuerpo de la niña continuaba increíblemente intacto era cierto. Rápidamente ordenó que la sacaran de allí, que la llevaran a la iglesia del pueblo y que se anunciará dicho milagro con todo un repicar de campanas. Mi hija, mi querida hija, pensaba Manuel mientras nadie le permitía acercarse a ella para tocarla. Todos los lugareños acudieron para comprobar el rumor que como la pólvora se había corrido por la comarca. Al comprobar que no se trataba de mentira alguna se quedaron estupefactos. El sacerdote, que ya tenía urdido su plan, los convenció de que la niña debía ser llevada ante el mismísimo Papa para que la canonizara. Sin lugar a dudas fue aceptada la propuesta, sufragada por los parroquianos y elegido a su propio padre como responsable de llevarla a efecto.

Manuel salió a la mañana siguiente de su aldea con su hija envuelta en preciosos mantos de la Virgen de las Flores, patrona de la comarca. Le dijeron que debía ir a Roma, cómo tenía que llegar, con quién hablar y con quién no hacerlo y sobre todo que volviera lo antes posible. El pobre agricultor, que jamás había salido de sus tierras, cogió su carro y mula y se encaminó hacía un lugar totalmente desconocido si no fuera porque sabía que la ciudad existía. Tan sólo tenía el consuelo de llevar por compañía el cuerpo de su amada hija.

Atravesó miles de paisajes diferentes, se perdió otras tantas veces y conoció a la misma cantidad de gente que se agolpaban para comprobar que era verdad lo que decía. Pero el prometió a su paisanos y guía espiritual no desenrollar el cuerpo ante la mirada de creyente que no fuera el Sumo Sacerdote de la Iglesia Católica. Aún así era tanta la expectación que iba creando a su paso que cuando por fin llegó a su destino le seguían al menos unos cientos de fieles que ya llamaban santa a Azucena.

No le fue fácil conseguir una cita con la cabeza de la Iglesia Cristiana. Tuvo que esperar poco más de una semana para que la audiencia le fuera concedida. Durante todo este tiempo se guardó bien de que nadie profanara el cuerpo de su hija a la vez que
aceptaba comida y bebida tanto para él como para su viejo animal de carga.

Llegó la tan esperada hora de presentarse a los pies del Sumo Pontífice. Allá iba Manuel, con su hija envuelta en un manto de Virgen hecho jirones del largo viaje, avanzando por un interminable pasillo tan ancho como de largo. El Papa rápidamente se interesó por la razón de la visita de semejante aldeano. El le contó todo lo acontecido durante el desentierro y momentos posteriores al mismo. Fue ordenado desenrollar el cuerpo de la muchacha. Con urgencia inmediata se acercaron dos soldados de la guardia suiza a acatar dicha orden. Una vuelta, otra, otra más… ¡Dios mío! Pensaba uno de ellos; ¡Trae todos los mantos de su Virgen! Y cuando la quinta vuelta llegó a su punto final apareció el cuerpo de la cría totalmente descompuesto, con miles de gusanos atragantándose con sus huesos e impregnando con un terrible olor nauseabundo la sala de la Santa Sede. Aquello fue tomado por grandiosa blasfemia. Manuel fue insultado, agredido y humillado. El cuerpo de Azucena acabó depositado en simples bolsas de plástico mientras los mantos de la Virgen de las Flores sucumbieron bajo las llamas.

El agricultor volvió medio moribundo a su aldea. Sus paisanos, instigados por el cura, le acusaron de no saber cuidar de su hija incluso muerta. No le permitieron enterrarla ni con los más pobres del lugar. El abrió una fosa justo en la habitación donde la vio morir. Allí la depositó, allí la reza siempre que quiere y allí permanecerá eternamente para él y sólo para él su santa hija Azucena.