lunes, 3 de mayo de 2010

Texto Mandrílico Mayo

En un cañaveral alejado de cualquier granja vivía un lobo llamado Lobuno. Entre el espesor de las cañas, alimentándose de patos, algún pez que otro y cualquier animal salvaje que se despistara mientras bebía de la charca que él tomaba por territorio, trascurrían sus días sin más preocupación que no fuera aquella que encontrar una loba con la que compartir su paraíso.

En la granja más cercana al cañaveral el poder de la familia de cerdos había crecido de tal manera que todos los animales que en ella residían les servían por temor a sus continuas y crueles represalias. El padre cerdo hacía ver a sus tres hijos, Cerdito, Cerdilla y Cerdino, que todo lo que había en aquella estancia, ya fueran animales, plantas y vegetación de los alrededores, e incluso, los edificios, establos, pajares, cercados y demás, eran de su propiedad.

Los tres pequeños cerdos crecieron con rapidez e ideas de propiedad realmente despóticas. El mayor de ellos, Cerdito, decidió independizarse y crear su propia granja no muy lejos de la de sus padres pero a la distancia suficiente como para no tener demasiada relación con sus progenitores. Una mañana de primavera obligó a todos sus “amigos” de la infancia a seguirle en su marcha, orden que acataron sin rechistar por temor a la ira de los padres de Cerdito. Caminaron y caminaron durante dos días hasta llegar al cañaveral de Lobuno. Este los vio acercarse desde la espesura de su casa. Se sorprendió por su aspecto pero algo en su interior le advirtió que lo mejor era permanecer oculto ante aquellos desconocidos. Cerdito dio la orden de parar en aquel lugar a sus temerosos acólitos. Aquella noche descansaron en los alrededores y al alba informó a sus servidores de que aquel era el lugar elegido para construir su próxima granja. Prendieron fuego el cañaveral por los cuatro costados con la intención de luego levantar un granero, un gran cercado y un establo mayor aún. Lobuno se despertó rodeado de llamas y aturdido por el humo. No tuvo más opción que escapar a través del río que le había servido de sustento hasta entonces.

Nadando y nadando, Lobuno fue a parar al espeso bosque que rodeaba la granja de los cerdos. Aquella noche fue la más triste de su, hasta entonces, vida. Aulló sin parar para desahogarse hasta que el cansancio le superó y se quedó profundamente dormido. A la mañana siguiente se adentró en el bosque y, poco a poco, se fue convenciendo de que aquel sitio no estaba tan mal para vivir. Se construyó un refugió entre los troncos de algunos árboles caídos, y durante el otoño e invierno siguiente se alimentó de los animales del bosque y de alguna que otra baya y rico fruto que encontraba en su nuevo territorio. Mientras, seguía soñando con conocer alguna loba con la que compartir alegrías y tristezas.

Aquella primavera los padres de Cerdilla decidieron que ya era hora de que tomara algún cerdo por esposo. Mandaron palomas mensajeras a las granjas de los alrededores y la respuesta no se hizo esperar, sobre todo ante la promesa de que aquel que desposara a Cerdilla compartiría con ella buena parte del bosque limítrofe a la próspera granja que la había visto crecer. El elegido fue un cerdo negro, fuerte y lustroso, condiciones imprescindibles para ser un buen leñador. La boda se celebró casi a finales de la estación. Justo al día siguiente de esta partió el nuevo matrimonio, seguido de su corte de aterrorizados súbditos, hacía el bosque prometido. No tardaron en asentarse y poco a poco fueron talando un árbol tras otro. Lobuno los veía avanzar sin piedad hacia su refugio. De nuevo se sintió acorralado pero esta vez no esperó a verse amenazado por la hachas y sierras mecánicas. Una noche mientras dormían los usurpadores de su hogar corrió y corrió hasta llegar al límite del bosque. Lo que apareció ante sus ojos era lo más siniestro que nunca antes había conocido. Una multitud de edificios desconocidos para él se levantaban hacia el cielo desafiando a las mismas estrellas. Se escuchaban voces y alboroto por doquier, olía fatal y el aire era casi irrespirable. Miró hacia atrás con la intención de volver al bosque pero sus patas comenzaron a caminar mecánicamente hacia aquel tenebroso lugar. No llegó a adentrarse, bordeándolo encontró un viejo pajar, húmedo y frío como todo lo que le rodeaba. Allí pasó la segunda noche peor de su vida, pero decidió quedarse, convencido de que no había otra opción posible. Durante esa noche no aulló de tristeza, pero gruñó y gruñó como un lobezno acobardado.

El tiempo seguía avanzando, Lobuno aprendió a alimentarse de los incautos animales de granja que se atrevían a rondar por el viejo pajar. Una noche se oyó un gran estruendo, el sonido se acercaba cada vez más a su nuevo hogar. Rápidamente se escondió detrás del viejo carro que en su tiempo habría servido de carga de alimento para muchos de sus nuevos vecinos. Prefería no mirar, era la primera vez que sentía el terror por todo su cuerpo, ni las llamas lo habían conseguido. Sin darse cuenta algo caliente y peludo lo empujó con fuerza, los gritos ensordecedores sumados a la presión de aquel cuerpo le impedían saber exactamente que estaba ocurriendo. Poco a poco todo se fue calmando y una vez que todo aquel alboroto desapareció se dio la vuelta y, sorprendido, vio que lo que le presionaba entre la rueda del carro y la pared era, sin duda, alguien que él tomó por una loba. Una mezcla de alegría y desesperación se apoderó de su cuerpo por instantes. Consiguió salir de su escondite pero su acompañante permanecía inmóvil. De pronto sus miradas se cruzaron y las fauces de ella dejaron entrever unos enormes colmillos en señal de amenaza. El permaneció quieto hasta que ella salió del escondite. Pronto se dieron cuenta que ambos eran unos perseguidos. Ella resultó ser una perra desheredada de la granja por robar unos pollos. Su nombre era Caná.

Durante esas semanas se fueron conociendo más y más, él le enseñó cómo alimentarse de todos los que pasaban por allí sin ser descubiertos; ella le explicaba todo lo que debía saber del funcionamiento de aquel aterrador sitio. Una noche persiguieron una cabra despistada pero no consiguieron darle alcance. La cabra dio la voz de alarma en toda la granja. El padre cerdo encomendó el cometido de destruir el pajar y a sus moradores a su hijo Cerdino con la promesa de que si su misión tenía éxito podría levantar una nueva granja en aquel emplazamiento. A la mañana siguiente se presentó Cerdino con toda su corte de temerosos seguidores en los alrededores del viejo granero. Comenzaron a destruirlo con enormes máquinas de dientes impresionantes. Al ver que no salía nadie de aquel lugar dieron por supuesto que sus habitantes habían muerto aplastados por las paredes. Estaban equivocados.

La experiencia de Caná les había hecho huir al oír la voz de alarma de la cabra, ambos corrieron y corrieron durante todo el día sin rumbo. Lobuno y Caná viven ahora merodeando por los alrededores de la granjas de Cerdito, Cerdilla y Cerdino. No tienen refugio fijo, unas temporadas en un sitio otras en otro. Se alimentan de los siempre temerosos acólitos de los tres cerdos. Son los proscritos más buscados de los alrededores. Mientras tanto en las entrañas de Caná crece una nueva generación de desterrados que vivirán por siempre en las granjas de los poderosos cerdos, soñando con un viejo cañaveral rodeado de un frondoso bosque.