lunes, 5 de abril de 2010

Texto Mandrílico Abril

Si no fuera porque mi madre es sacerdotisa de la temida diosa Muncarna y a que continuamente me repite que soy así porque tengo un don especial concedido por el gran dios Cuchugumba habría acabado como tantos otros de mi pueblo, arrojado por el barranco del fin del mundo apenas nacer. Ella siempre me advirtió de que si me miraba en un espejo perdería dicho don y todos se abalanzarían sobre mí como una manada de hienas. Con lo cual siempre ando esquivando esos objetos que me convertirían en carroña con solo acercarme a ellos. Pero al igual que cualquier niño de mi edad quiero saber cómo soy.

Todas mis referencias están basadas en los insultos y burlas de las demás. Estas al principio me hicieron caer en la más honda de las tristezas pero conseguí hacer yo de espejo y utilizarlas como tal para saber, o intentar saber, cómo era aquella parte de mi cuerpo que mi vista no podía alcanzar. En cuanto al color de mi piel no hay duda de que es lo que realmente me hace tan especial. Si la de todos los demás es oscura o negra como la más cerrada de las noches, la mía es blanca como la gran luna llena, y eso que ella tiene manchas oscuras de las que yo carezco. Aunque cada vez que miro el sagrado astro mi mente empieza a dar vueltas sobre el mismo tema… mi cara.

Esta noche paseando por los alrededores del poblado comencé a colocar en mi mente cada una de las piezas que debían componer el puzzle de mi rostro. Mi pelo es amarillo como la hierba seca en verano, tampoco me resulta difícil saberlo, con un simple tirón sé cómo es. Mis cabellos son un poco más lisos que los de los demás, por eso a veces mi madre me deja llevarlo un poco más largo, aunque cuando llega a cierta longitud me los corta para que no me quede enredado en la selva. Tengo unos ojos de un verde tan profundo como las hojas de los árboles que se alzan en los límites de la cascada. Hay gente que teme mirarme directamente porque piensan que les puede caer una terrible maldición. Pocos se atreven o consiguen hacerlo, solo los niños y su eterna inocencia traspasan esa frontera de falso temor. Nunca tuve intención de maldecir a nadie, entre otras cosas, y a pesar de tener por madre a una sacerdotisa, porque no sabría cómo hacerlo. En cuanto a mis cejas y pestañas son del mismo color que mi cabello, o mucho más claras incluso, casi blancas. No tengo una nariz tan chata como los otros, es tan puntiaguda como el cuerno del gran rinoceronte y mis agujeros nasales considerablemente pequeños en comparación con los de los demás. Por eso es tan bonita mi nariz, porque es completamente distinta a las otras. Mis pómulos, al igual que la frente, sobresalen dándome un aspecto distinguido y audaz. Mi boca es pequeña si la comparamos con la de mi madre. Pero cuando se abre llega a ser tan grande como la del majestuoso león. Cuando me río dejo ver unos dientes más blancos aún que mi piel, por lo que me gusta mucho reírme, aunque en público no lo deba hacer, es de muy mala educación reírse en público, dicen. Mis orejas son tan inmensas como las del elefante, incluso las muevo como uno de ellos, me gusta moverlas delante los críos de mi poblado para hacerles reír y así, al menos, ser el centro de atención no por mi diferencia sino por mi peculiaridad. La verdad es que realmente quiero pensar que el don que me concedió el gran dios Cuchugumba es ese, poder mover muy rápido las orejas para conseguir un estallido de alegría infantil.

Me he entretenido tanto caminando mientras contemplaba aquella que considero mi espejo, que apenas me he dado cuenta de que ya está amaneciendo. Estoy bastante lejos del poblado y ya casi he llegado al remanso que forma la gigantesca cascada. Debo volver pronto a casa pues el sol nunca me sentó bien. Si me da de lleno me duele mucho la cabeza y me pongo enfermo. Pero como siempre en estas interminables noches de luna llena, justo cuando empieza a amanecer, desobedezco en cierta manera a mi madre y me acerco a la orilla del sagrado río. Me siento a esperar los primeros reflejos del sol en el agua y con una mirada furtiva me miro el rostro en ella. Todas esas comparaciones que hacen de mí en el fondo no me importan, sobre todo porque que me llamen hierba seca, hoja, león, rinoceronte o elefante me enorgullece ya que ellos desconocen que hace tiempo sé que soy exactamente igual que cualquiera, a excepción de que ellos son hijos del sol y yo... de la luna.