martes, 29 de diciembre de 2009

TEXTOS MANDRÍLICOS

Estas son algunas de las cosas que he escrito de un tiempo a esta parte. Iré poniendo un texto por mes, que tampoco quiero resultar pesao. La verdad es que lo de la escritura lo tengo un poco abandonado, una pena, porque me mola bastante escribir pero con tanto proyecto de por medio algo hay que sacrificar, grr. Se aceptan opiniones de todo tipo, no os paséis mucho eh?, jeje.

Podríamos decir que desde el momento que toda su familia se enteró de su futura llegada al mundo ya estuvo ligada a esa prenda. Todo empezó cuando la noticia retumbó en los oídos de su abuela materna. Esta, al no saber con exactitud el sexo de su futuro nieto, decidió que los haría blancos, ya tendría tiempo de hacer otros de otro color. Por ser para el primogénito debían tener un dibujo y cualidades especiales. Los bordó con la figura de un pequeño duende, bien reforzados pero, a la vez, suaves como la piel de conejo. Pensó que iba a tardar menos pero, fue tanto el interés y la delicadeza que puso, que invirtió casi seis semanas en acabarlos y, sobre todo, de convencerse de que eran lo que realmente quería para la próxima generación de su sangre. Nunca permitió que nadie los viera antes del alumbramiento. Así fue como aquellas dos pequeñas obras de arte se convirtieron en el primer regalo que ella recibió en su vida.

Tal vez fuera esa la razón por la que siempre sintió debilidad por los zapatos. Ya que fueron aquellos pequeños patucos de la abuela una de las primeras cosas que se grabaron en su retina. Conforme fue creciendo nunca puso excesivas pegas a la hora de elegir un vestido u otro, pero el calzado tenía que ser el que ella dijera con amenaza de chillar durante todo el día. Así fue como acabó teniendo la mejor colección de zapatos de todo el pueblo. Sus amigas sentían un poco de envidia, lo que las llevó a ponerle el mote de “la zapatitos”.

Pasaron los años con la misma rapidez que gastaba sus suelas, aunque ella siempre guardaba sus viejos zapatos. De vez en cuando los sacaba todos del armario y así hacía recuento de lo que le había ocurrido hasta ese momento. Estos negros de la hebilla dorada son los de mi primera comunión. Estos otros verde hierba los que me regalaron cuando me convertí en mujer. Esos azul marino con la margarita al lado los que me costaron tanto de convencer a mi padre para que me los comprara para mi primer baile del colegio. Y estos, ¡ay estos!, aquellos que me regaló mi hermano cuando se licenció de la mili. Nunca había conocido un calzado tan cómodo como este que trajo de aquella isla. Una pena que se destrozaran tan pronto aquel verano.

El último invierno entró de manera fulminante. Casi no hubo tiempo de sacar la ropa de abrigo y ya estaban tiritando como alambres. Sin pensarlo dos veces fue a la zapatería en busca de unas buenas botas para paliar aquel frío polar. Como siempre las recorrió todas hasta dar con las que realmente quería. Unas que fueran a la vez prácticas y bonitas. La “zapatitos” no era una cualquiera en ese sentido, se decía ella a sí misma. Al final eligió unas de cuero negro, no muy altas, forradas con buena piel y con cremallera, un poco caras, eso sí, pero bueno aquella era su mayor afición.

La noche que estrenó las botas hacía realmente frío. De hecho estuvo nevando casi toda esa tarde. A pesar de la regañina de su padre ella decidió salir a lucir su nuevo calzado, y de paso hacer honor a su apodo. Cuando llegó al pub que frecuentaba, todas sus amigas le alabaron el gusto por la nueva prenda. Para ella era como si aquel ritual la transportara a miles de momentos vividos y por vivir. Aquella noche tenían un nuevo tema de conversación. No sabían muy bien por qué ese chico tan raro había decidido venir a vivir a su pequeña ciudad pero la cuestión es que era muy guapo y parecía bastante simpático. Cuando se quiso dar cuenta le estaba pidiendo que bailara con él y sin apenas quererlo estaba de vuelta a casa en su coche. Aquella noche conoció el amor por primera vez.

Lo más fascinante de todo es que aquel apuesto joven era zapatero y la razón de su asentamiento en aquel lugar no era otra que abrir un taller para reparar calzado. Cuando se lo contó ella no podía creérselo. Al principio pensó que era una broma de mal gusto así que no le quedo otra que invitarla a su casa para que comprobara que todo era cierto. Fue tal su emoción a entrar por al puerta que sin querer le abrazó y le besó como nunca. Hablaron y hablaron de calzado durante toda la noche. Intercambiaron ideas sobre estilos, diseños y formas. De pronto una mirada frenó la conversación en seco y con un profundo beso se fueron entregando el uno al otro sin ninguna prisa. No sólo descubrió el amor con él, el placer se calzó en su vida aquella noche.

Pasó poco tiempo en tomar la decisión de que quería vivir con él. A pesar de la negativa de sus padres cambió de residencia en un abrir y cerrar de ojos. Ella estaba como niño con zapatos nuevos, nunca mejor dicho. Todo iba fantásticamente, el negocio, su relación, incluso su padre parecía disfrutar de su nuevo hijo político una vez que lo conoció. Una tarde de niebla al volver a casa por la estrecha carretera del puerto de montaña unos terribles faros deslumbraron los ojos de él. Ella a penas pudo reaccionar. Cuando se despertó estaba en al cama de un hospital. Le comunicaron el fallecimiento de su amado a la vez que le decían que el bebé se había salvado y, por último, le pidieron que moviera la pierna izquierda. Fue así como conoció la desolación del desamor, mezclada con la grandeza de saber que iba a ser madre y aliñada con la pérdida de su extremidad zurda.

Dio a luz a un hermoso niño que fue el motor de su vida. Se adaptó una pierna ortopédica para así poder seguir luciendo sus calzados. Ella misma se encargó del negocio, solo que este pasó de ser taller a tienda. Ahora, en la avenida de aquella remota ciudad, todas las noches se enciende y apaga un fabuloso letrero que pone: “Los Zapatitos Del Duende”.